La nueva historia de Marcelo Birmajer: La botella de aire

Esta historia sucedió hace tanto tiempo que hasta yo era chico. Los kioskos eran jardines de revistas. Yo me detenía a elegir, pero el proceso de selección era también un divertimento.

Marco estaba enamorado de Gabriela.

El padre de Gabriela se negaba terminantemente a que Marco fuera el festejante. No lo consideraba lo suficientemente acomodado. Por otra parte, secreta, el padre de Gabriela había estado enamorado de la madre de Marco, antes de que ella casara con el padre de Marco. Una suerte de Montescos y Capuletos, pero con argumento para la discordia.

Gabriela y Marco lograron sortear durante un año y medio la vigilancia de don José, el padre de Gabriela. No sé hasta dónde llegaron en su empeño entre hombre y mujer, porque Marco, aún hoy, es un hombre pudoroso en el relato. Pero se amaban con ese magnetismo atávico que convierte a una pareja en una especie única. Era el año 1975. Ella debía tener diecinueve para 20. Marcos 20. Gabriela era de una belleza flamígera.

A más de profesora de natación, integraba el equipo de Waterpolo de una agrupación deportiva sita en la calle Ravignani, hoy Palermo Hollywood. Nadaban a lo largo y ancho del país. También inusualmente en otros países de Latinoamérica, incluso USA. Esas mujeres forjadas de mármol vivo en la piscina eran como sirenas de agua dulce. Marco era el mejor redactor de cartas de amor del que se tenga recuerdo o noticia. Ese talento constituye un rubro de la escritura que no necesariamente es literario. No es el cuento ni la crónica ni la novela. Marco sólo podía cultivarlo con Gabriela. Lo llamaba La botella de aire.

“Una botella al mar se diferencia de una botella de aire en que mientras la botella que el naufrago arroja al mar está hecha de vidrio y por dentro lleva aire y un mensaje en papel, sellados por un corcho en la boca del envase; la botella de aire contiene vidrio, y el mensaje solo puede recibirlo una persona, si es que lo recibe. El mensaje de la botella de aire está encriptado en el limbo que va de un hombre a una mujer enamorados”.

“Mientras que el mensaje dentro de la botella de vidrio puede recibirlo y comprenderlo cualquiera; el de la botella de aire sólo se convierte en mensaje al ser recibido por su destinatario”.

Marco trabajaba como viajante de comercio y debió atender unos asuntos en Tucumán.

Don José era fanático de River. Leía El Gráfico con la pasión de un erudito. El Gráfico seguía la campaña de River, por supuesto. Pero en aquella era de los kioskos de revistas, también atendía los deportes laterales, como el golf, el voley, el básquet. El automovilismo contaba con una revista enteramente dedicada: Corsa.

Entre las coartadas del rechazo de don José por Marco, figuraba la de que, aunque Marco se codeaba con periodistas, a los que vendía enseres de máquinas de escribir y otras menudencias, fatigando redacciones, carecía del menor conocimiento sobre la circunstancia o actualidad futbolística.

Don José, poco antes del partido que le otorgaría a River el primer campeonato luego de 18 años, se llevó consigo a Gabriela a La Falda, al hotel de los armenios. No sólo vigiló a Gabriela a sol y sombra. También tabicó cualquier posibilidad de que recibiera correspondencia. Gabriela jugaría un partido definitorio con su equipo en Córdoba capital, el mismo día y a la misma hora en que River disputaría la final del Metropolitano. Evidentemente don José escucharía el partido por la radio mientras Gabriela competía, en la capital mediterránea. Luego, regresarían ambos en micro a La Falda.

Marco ignoraba la locación en Córdoba. Gabriela sabía que Marco se había marchado por trabajo a Tucumán. Pero no tenían modo de coordinar un encuentro. Por algún motivo, Marco no lo aclara, aquella posible cita representaba para ambos una ocasión crucial. Quizá habían encontrado un lugar donde estar solos, quizá Gabriela había tomado una decisión.

Pero don José lo intuía, lo había atisbado. Estaba atento como un centinela.

El 14 de agosto de 1975, don José observó el partido de Waterpolo que perdió su hija en la pileta techada del club Siracusa; mientras gritaba el 1 a 0 -gol del joven Bruno-, que dio el triunfo a un (*) River con jugadores de las inferiores, porque los profesionales estaban de huelga. Regresaron juntos en micro a La Falda padre e hija; en el viaje algunos hinchas “millonarios” celebraban opíparamente, con la discreta y aleatoria complicidad de don José.

Al día siguiente por la noche consiguió don José El Gráfico, con su cobertura de lujo en papel satinado y el poster central con el equipo campeón. Una edición extra.

Para prevenir cualquier desliz, don José mantuvo a Gabriela como una monja encerrada en el hotel de marras, cuando ya las compañeras del plantel habían regresado a Buenos Aires.

Aburrida, frustrada, hastiada, Gabriela apenas si podía hojear El Gráfico luego de que su padre lo hubiera gastado, tras retirar el póster central.

Nunca supo, don José, que el domingo previo al regreso a Capital Federal con su hija, tres días después de la obtención del campeonato, Marco y Gabriela se encontraron en la pieza de Gabriela, mientras el padre dormía.

Tampoco sabremos cómo logró Marco publicar el suelto de Waterpolo en El Gráfico, apostando a que River ganaría, a que don José lo compraría. Pero sí que existía ese correo azaroso planificado previamente entre Marco y Gabriela.

En esa nota perdida en una revista por lo demás dedicada a River, que don José ni siquiera relojeó, cumplían el santo y seña de la ubicación de Marco en Tucumán, se sugería un telegrama, se rogaba un punto de reunión. Nadie leyó esa esquela oculta en la euforia, excepto Gabriela, la sirena de agua dulce.

Tras la furtiva y definitoria conjura en la habitación de Gabriela, la relación se afianzó inevitablemente.

Para cuando River se consagró bicampeón, en diciembre de aquel mismo año, don José debió aceptar la realidad, que en este caso era una de las formas de la verdad.

Marco y Gabriela permanecieron juntos mucho más de lo que rezaba el contrato matrimonial, porque aunque Gabriela se fue antes que él, no cree que la muerte los haya separado. Hay bellezas que no se apagan nunca. Y cuando me muestra el suelto de waterpolo en aquel ejemplar amarillento y texturado por las décadas, todavía siento el calor espeso de una pileta climatizada, la persistencia del enigma del amor, la muesca del pasado en un hotel de La Falda rodeado de burros y fantasmas.

*) Pido prestado a los comentaristas deportivos el decir: “un” River. Nunca pensé que llegaría a usar esta expresión.

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