Todavía no es invierno, pero el frío aprieta en Villa Fiorito. Se siente más porque el viento entra como por un callejón desde el Riachuelo, el espejo de agua contaminada que separa la pobreza de sus dos orillas. Se puede entrar al barrio y tener la certeza de estar allí y no en otro lugar, por las paredes. Las referencias a Diego Maradona cuentan con una denominación de origen que no tienen los murales de Nápoles. Es el barrio natal de Diego. Están las intervenciones artísticas, pero también la venta de segunda mano, los comercios -en una ventana mostrador o un local- y una urbanización que desde hace poco más de tres décadas le dio estatus de ciudad a la porción de Lomas de Zamora que limita con la Ciudad de Buenos Aires. Aun sin pretender una recreación turística, la dinámica y el presente de esta localidad bonaerense ponen en contexto las condiciones en que nació y se crió el mito que conoció el mundo entero. Ahora hay asfalto y ya no quedan potreros, pero la realidad no permite discrepancias con las carencias que parecen perpetuas. Fiorito es uno de esos lugares que la clase media mira desde la ventanilla a la altura de Puente La Noria. Buscan desde Camino Negro un vistazo de esa cuna increíble, del lugar menos pensado del que salió un genio.
“Fiorito es hermoso. Nací acá y de acá me voy a ir el día que me saquen y me lleven a Lomas”, dice Doña Mari, que por Lomas hace referencia al cementerio municipal. En el Riachuelo, cuando nació, todavía se podían pescar ranas. Lo cuenta justo debajo del marco de la puerta de entrada a la casa que fue hogar de los Maradona en el barrio. Tiene 72 años y el pelo blanco, prolijo y abundante, le enmarca el rostro. Ella es ahora la dueña de la casa, pero sigue viviendo en la de siempre, a unas cuadras. El que la habita es Javier, su hijo. Ambos pertenecen a una pequeña rama genealógica que llega al tronco del árbol maradoniano. La casa está intacta. Exactamente igual a cuando la habitaban los Maradona. Ahora el frente está intervenido con murales sobre el revoque grueso. Desde afuera, está todo idéntico excepto un árbol que no llegó a darle sombra a Diego y una construcción vecina. En el interior, dicen los pocos que entraron, no hay reformas y de una de las paredes todavía cuelga un cuadro de Gardel que la familia no mudó a La Paternal.
Las ollas en el patio de la casa de Maradona. Foto: Antonio Becerra Ella -Doña Mari- cumple la promesa que le hizo a Doña Tota, quien cuando le cedió el inmueble le pidió que mantuviera intacto el frente y las dos piezas con cocina de la diminuta casa en la que vivió con su marido -Don Diego- y sus ocho hijos. Ahí vivió Pelusa. Y de un solo vistazo se pueden descubrir las condiciones en las que lo hizo, sin necesidad de imaginar demasiado. Vivía de un modo muy parecido a como vive hoy Javier, quien guarda, a un costado del patio, el carro con el que junta cartón.
Es jueves y Javier desarma los pallets de madera con un caño y una pericia asombrosa. Sabe dónde golpear y separa rápido la tabla del tocón que la une a la otra con clavos. Hace una pequeña palanca, las libera y las convierte en alimento para la llama que calienta las ollas. En el patio, el mismo patio en el que indudablemente Maradona jugó a la pelota, hay un guiso que se empieza a saborear con el aroma. Es el día de la semana en que su casa -la de Maradona, la de Javier- se convierte en comedor popular porque hay vecinos que no tienen nada para comer. Quien hoy la habita y alimenta el fuego tal vez encarne la que hubiese sido la vida de Diego si no remontaba vuelo hasta convertirse en barrilete cósmico. Javier es cartonero y hasta hace poco su recolección diaria confluía en la red de cooperativas donde se clasificaban residuos urbanos que el gobierno porteño desarticuló. Para colmo, el precio del cartón cayó en picada y ya no conviene juntarlo. Se paga lo mismo que el fierro común y, entre ambos elementos, la diferencia de volumen en un kilo es notoria. Pero no hay tanto fierro en la calle, al menos de descarte. La cosa está dura.
Eso mismo sintió Doña Mari una mañana de los primeros meses de este año cuando cambió la rutina y, en vez de esperar la visita de su hijo, caminó las tres cuadras para visitarlo y luego lo acompañó a comprar algo para comer a un comercio otras tres cuadras más lejos. La caminata la despabiló. “Fue horrible lo que vi. Miseria y hambre, nunca visto”, enumera y se le entrecorta la voz. Lo primero que se le ocurrió fue pedirle a una vecina, cocinera de algunos comedores de la zona, que hiciera algo para abrir otro. En el barrio hay más de deiz comedores que alternan su funcionamiento para que todos los días haya comida para quien no la tiene. No funcionan solos ni por caridad: hay distintas organizaciones barriales -religiosas o político-partidarias- que paran la olla. Ahí, de la orilla del Riachuelo que le corresponde al gobierno provincial y a sus comunas, frente al margen de la Ciudad Autónoma con su propia jefatura de Gobierno y el territorio en que se emplaza la Casa Rosada, el Estado tiene varias maneras de hacerse presente o ausentarse.
Así entonces llegó el pedido al Pastor Leo, uno de los referentes que tiene el barrio, para que buscara la manera de abrir otro. Todos los interrogantes -dónde, con qué mercadería y quiénes darían la mano necesaria para que suceda-se despejaron rápido cuando la autora intelectual propuso el lugar para la nueva olla popular: la mismísima casa de Diego. Desde marzo, entonces, todos los jueves, en la casa del 10 se cocinan unas 150 porciones de comida, aunque a veces pueden achicarse las raciones para llegar a 200. En el barrio donde Maradona fue posible todavía vive “la gente” que suele estar representada en números contenidos en celdas de planillas de cálculo. Según el último censo de 2022, habitan en Fiorito 58.060 personas repartidas en 17.773 hogares. En cualquier spot de campaña proselitista podrían sucederse postales de las entrañas del barrio mientras una voz en off habla “de los que menos tienen”. Ahí, con el Puente La Noria como mojón histórico de referencia, las carencias siguen intactas.
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Olla popular en la casa de Maradona de Fiorito
“Una de las últimas veces que Diego vino, dijo algo así como: ‘Me duele volver y que esto siga igual que siempre, o peor’”, parafrasea Leonardo Álvarez, mejor conocido como el pastor Leo por su ordenamiento cristiano. Él se define como un pastor villero, por su acción en el territorio. Está al frente de la ONG “Sal de la Tierra”, en la que colaboran unos 50 voluntarios para parar la olla en seis comedores. El de la mítica calle Azamor tiene una carga simbólica enorme, porque era la casa de Maradona y es parte de ese circuito turístico que deja constancia de la crisis contemporánea. La casa es la posta número seis de un circuito turístico trazado por el Municipio, la “Comunidad de D10S”, un recorrido que gira en torno a la vida anónima de Maradona y que tiene su punto de partida en Recondo y Camino Negro, la puerta de entrada al que alguna vez su hijo pródigo definió como un “barrio privado (privado de luz, privado de agua, privado de teléfono)”. Según los datos del último censo, las cosas no cambiaron demasiado: cuatro de cada 10 viviendas no cuentan con agua potable ni conexión a la red de gas.
Trozando pollo: los voluntarios se encargan de preparar la cena en la casa natal Diego Armando Maradona. Foto: Antonio Becerra Maradona contó en más de una ocasión que en aquella época, a la hora de la cena, Doña Tota perdía el apetito por un dolor de panza inventado para que la comida alcanzara para sus hijos. Ella se las arreglaba con un mate cocido para engañar el hambre. “Cocinamos para que hoy ningún Dieguito ni ninguna Tota se quede sin comer”, resume Álvarez, el pastor villero que vivió toda la vida en Fiorito y sabe exactamente de qué habla cuando se refiere al hambre, las carencias y la vida en el barrio. Igual que Maradona, sabe lo que es pasar hambre. También conoció a su esposa en la adolescencia. Tiene dos hijas y un hijo y trabaja en la recolección de residuos -“basurero”, apunta- y se lo puede ver por las calles de Almirante Brown corriendo detrás de un camión. Un anónimo con ropa reflectante para no pasar desapercibido entre automovilistas y peatones. El resto del día se lo entrega a lo que su ONG demande y a las seis ollas que debe llenar diariamente. En el barrio es un referente ineludible.
A eso de las 20 de cada jueves, se acercan chicos, viejos, padres o gente sola a buscar su comida. Foto: Antonio Becerra “Estamos viviendo un momento de mucha crueldad, la gente está sufriendo mucho y tiene hambre. No vi una cosa igual y creo que es peor que la crisis de 2001. Mucha de la gente que viene no está acostumbrada a esto, a tener que venir a buscar la comida; lo está haciendo por primera vez”, analiza el pastor. La olla que funciona en el patio de Maradona abre los jueves y cerca de las 20 los vecinos llegan con ollas o tuppers, del tamaño suficiente para los comensales de su casa. Lo que llega vacío se va lleno. Si llega mucha gente, se achican las porciones, pero nadie se va sin comida.
¿Quién para la olla?
La olla de la casa de Diego se nutre de dos maneras. Una parte llega de la ONG, que recibe mercadería del Gobierno bonaerense a través del Ministerio de Desarrollo de la Comunidad. La otra parte se autogestiona. Ahí aparece María Torres, la cocinera, madre de ocho hijos y a quien Doña Mari le pidió ayuda para organizar el comedor. Le gusta mucho cocinar y lo hace a gran escala. “En casa no cocino yo, cocinan ellos”, dice y señala a uno de sus hijos. A la mañana hace tortillas que se revenden en las esquinas y, de lo recaudado, la mitad se junta para el guiso y la otra es para sostener la olla en su propia casa. Tiene una ocupación formal. Trabaja en limpieza, pero le achicaron las horas y no le alcanza. Piensa en ella, en sus hijos y también en el resto. No está apesadumbrada ni la gobierna la amargura. Baila mientras cocina con una madera que hace de pala para revolver, alternando entre las ollas de aluminio de 75 litros que se calientan sobre una parrilla, al calor de pallets ardientes que Javier convierte en leña.
María le agrega agua al guiso que prepara. Foto: Antonio Becerra Sobre una mesa debajo de la ventana de la que fue la pieza de Don Diego y Tota, alguien ya picó la cebolla y la zanahoria que hierven con unos cuantos litros de agua y puré de tomate. Otro troza pollo y, sobre una puerta que hace de mesa, otros abren los paquetes de arroz para juntar 14 kilos en una palangana y llevarlos a la olla cuando sea el momento. María revuelve con el palo y controla el hervor. En el momento adecuado, saca el cucharón y hace la prueba. María mira fijo; no espera que le digan cómo está: adivina según la expresión de quien se lleva la cuchara a la boca. La salsa es riquísima.
Foto: Antonio Becerra “Una vez vinieron las hermanas de Diego a comer. Tuve que improvisar un poco, pero se emocionaron al sentir el sabor que las hizo volver a la infancia”, se jacta María, que aquella vez había hecho un “guiso con fideos largos”. El próximo desafío es este 25 de mayo: locro en la casa del 10, en la misma cantidad de ollas. Van a cortar la cuadra y esperan sacar 1.500 porciones.
Fiorito, como otros barrios similares, es un termómetro social. De aquel de las fotos en blanco y negro y calles de tierra queda poco. Llegó el asfalto y el crecimiento poblacional se devoró, entre otros, el potrero frente a la casa de Diego. Las canchitas de Estrella del Sud quedaron como las que Maradona conoció antes de convertirse en Maradona. Pero no. Donde jugaba ese nene que soñaba los sueños de a dos -primero jugar el Mundial y después ganarlo- ahora hay casas que tienen sus cimientos nada menos que sobre las huellas de aquellas gambetas primigenias. Cambió todo bastante, aunque sigue todo igual.
La cola para la olla popular de la casa de Maradona en Villa Fiorito. Foto: Antonio Becerra Contemplar la casa intacta, con toda su precariedad a cuestas, se vuelve tan impresionante como mirar una semilla e imaginar, incrédulo, que de ahí dentro pueda salir un árbol entero. Allí se produjo un big bang de consecuencias descomunales para el fútbol mundial.
Detrás de la empalizada de alambre en la que Maradona quedó inmortalizado en alguna foto histórica, se ve el frente de la casa: las ventanas de la cocina comedor y de una de las dos piezas, con la puerta en el medio. Los murales retratan a un Maradona con la mirada de los ‘80. En otro aparece el Diego de los ‘90, besando en la frente a Doña Tota y, a un costado, Don Diego, casi mirando lo que sucede ahora mismo en ese patio. Partida junto a otros descartes, la silla de plástico en la que se sentó Manu Chao cuando fue a conocer el origen del mito. También cuelga un viejo banner municipal y ofrendas de todo tipo.
Acaso la muerte de Diego Maradona obliga a pensar qué diría de muchas de las cosas que suceden desde su ausencia. ¿Qué opinaría del presidente Javier Milei el tipo por el que los presidentes del mundo entero hacían cola para sacarse fotos con él? Tal vez lo que pasa ahora en el patio de su casa sea su respuesta, solo que una mujer la revuelve, un cartonero la fogonea y un pastor villero la organiza. Cae la noche, el frío aprieta todavía más en Fiorito y el lugar se llena. Las ollas van perdiendo volumen y se termina otro jueves con una cena posible, en la casa de Maradona.

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