Todavía no son las cinco de la mañana, pero los monos aulladores están convencidos de que es el momento indicado para despertar a todos. Desde la habitación del hotel en Tortuguero, una de las zonas más buscadas y diferentes de Costa Rica, se escuchan de manera nítida y cercana sus aullidos, un rugido estremecedor, potente, que saca de la cama hasta a los que tienen el sueño más profundo.
Los monos están sobre los árboles que rodean los cuartos, saltando de rama en rama. Las ventanas, en este caso, no tienen vidrio, solo un mosquitero protector. La inmersión en la naturaleza está asegurada, una de las marcas registradas de un viaje a este país de América Central.
Costa Rica tiene playas tanto sobre el Caribe como sobre el Pacífico y una geografía salpicada de volcanes, saltos y ríos, pero lo que verdaderamente atrae es su conciencia sustentable de avanzada, la biodiversidad estrictamente protegida y la seguridad que se siente al recorrer el territorio de buen nivel de vida y costumbres arraigadas.
Las primeras palabras del guía recuerdan que estamos en un país tan verde que sorprende: “Aquí, el 98,6 % de la energía que usamos es de fuentes renovables, el 100 % del agua es potable y un 30 % de los autos que circulan son eléctricos”, asegura Diego Soto. También presume que la inflación es negativa y el analfabetismo se considera prácticamente inexistente. Como si fuera poco, la tarjeta de presentación incluye que todo el papel que se produce es a base de cáscara de banaba y ananá. Ya no se talan más los árboles.
La naturaleza, al alcance en más de 30 parques nacionales que protegen un cuarto del territorio y alojan al 6,5 por ciento de la diversidad mundial (uno de los países con mayor riqueza, a pesar de su tamaño de apenas 51.179 km² ), es un imán para el turismo. El plan en este país es salir a recorrer, enhebrar varios destinos y terminar, en la mayoría de los casos, en una playa. El “pura vida”, esa expresión que los ticos tienen siempre a flor de boca como un saludo cotidiano, una muletilla pegadiza, no hace más que reflejar el vínculo con la gran biodiversidad.
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Quizá esta propuesta de turismo activo, de conexión con la naturaleza y de sostenibilidad de referencia internacional es la que impulsó el gran aumento de los viajeros de nuestro país. “El mercado argentino despegó el año pasado, cuando se registró un crecimiento del 27% respecto de 2024, el mayor incremento entre los países de América del Sur”, cuenta Ireth Rodríguez, jefa del departamento de promoción del Instituto Costarricense de Turismo (ICT). La mayor conectividad aérea y la búsqueda de destinos alternativos a los clásicos seguramente ayudaron a impulsar estos números que celebran en el país. Ireth, que nació en la península de Nicoya, una de las denominadas zonas azules del mundo, con alta población de habitantes centenarios, comenta también que el turismo wellness crece en esa región.

El madrugón que incentivan los monos aulladores es estratégico. Con los primeros rayos del sol asomando, es el mejor momento para subirse a la lancha y salir en busca de aves, en una navegación plácida entre la selva. Habrá que estar atentos para descubrir a la jacana norteña, que pone huevos para que los empollen los machos; a la anhinga, secando las alas luego de nadar, y al martín pescador, que amablemente nos deja pasar, entre cientos de aves, muchas que se escuchan pero que no se ven. También se descubrirán enormes iguanas, perezosos y ranitas de ojos rojos.

Como un pequeño Amazonas
Al Parque Nacional Tortuguero, sobre la costa norte del Caribe, se lo suele llamar con buen tino marketinero, el Amazonas de Costa Rica, por su gran red de ríos, lagos y canales naturales y artificiales que rodean un bosque tropical húmedo y denso donde solo se puede entrar en lancha, un destino que siempre suele figurar en el itinerario de los viajeros que visitan el país.
Aquí no se viene a hacer vida de playa ni a tirarse panza arriba en la reposera de un all inclusive. Tortuguero les da la espalda a las aguas caribeñas, no habilitadas para el turismo porque hay corrientes de retorno, muy traicioneras, que pueden hacer pasar un mal momento. Tampoco tienen ese color turquesa típico del Caribe. Así que los baños de mar no son de la partida en la agenda de este destino.
El principal atractivo es ver el desove de tortugas marinas en las playas, que se produce de julio a octubre, cuando llegan masivamente. Para verlas salir del mar y anidar, se organizan recorridos nocturnos guiados de unas dos horas que se realizan a pie y con paciencia, por supuesto. Cuando sale alguna tortuga, en absoluto silencio y con luces rojas o infrarrojas especiales para no asustarlas, se las puede espiar mientras cavan y dejan los huevos que nacerán 50 días después y que nunca más volverán a ver.

Estiman que solo una de cada 1000 tortugas que nacen logra llegar a la edad adulta de 20 años. Cuando eclosionan, en su lenta caminata al mar, son codiciadas por aves y pequeños mamíferos; en el mar, se vuelven el banquete de peces grandes y tiburones.
Fuera de los meses de desove, los turistas reparten los dos o tres días recomendados para quedarse entre navegaciones para observar aves, el ascenso al cerro Tortuguero, paseos en kayak y un recorrido por el pequeño pueblo de 2500 habitantes.
Estas tortugas, que le dan el nombre al lugar, pasaron de ser cazadas y vendidas a cuidadas como la joya más preciada. Un cambio de paradigma que le dio una nueva vida y un futuro a una zona aislada y de muy difícil acceso.
El poblado de Tortuguero, desde finales del siglo XIX e inicios del XX, se sustentaba con la explotación de las tortugas y la exportación masiva de su carne y caparazones, principalmente hacia Inglaterra, y con la extracción de árboles. Durante los años en los que la tala fue dominante, se produjo una modificación del paisaje: para transportar la madera de manera sencilla, se abrieron canales artificiales y se dragaron otros naturales; así se conducían los troncos río abajo hacia el aserradero.

Hasta que Archie Carr, un biólogo y profesor norteamericano especialista en la conservación de tortugas, llegó para investigar y dio la voz de alerta. Les aseguró a los lugareños que les daría más dinero proteger a las tortugas que cazarlas. Sus aportes fueron fundamentales para la creación del Parque Nacional Tortuguero en 1970 y para la transformación del lugar.
Pioneros en la región
Cloied Taylor vio ese cambio gradual y lo agradece. Su bisabuelo llegó a estas tierras desde la isla de San Andrés hace más de 100 años. Subía las tortugas a su barco y las vendía para hacer sopa. Él nació aquí y se crio entre ellas: “Las tortugas eran como una bicicleta, nos subíamos a su caparazón dos chicos, uno era el maquinista y otro el capitán”, recuerda de su niñez. Hasta que se logró modificar la mentalidad de la comunidad: “Hoy estamos felices, ya no se las mata, hay supermercados, nuevas construcciones y otras oportunidades”, reflexiona.

Junto a su familia son dueños de un hotel, el restaurante más antiguo del lugar, de 90 años, y desde hace poco ofrecen una actividad de la que vale la pena participar: una clase de cocina caribeña típica, donde los participantes elaboran –y luego degustan– camarón en salsa de coco y un dulce también con coco, un clásico indiscutible de la mesa en Tortuguero. La experiencia es en la naturaleza, bajo un quincho de su jardín en un extremo del pueblo, escuchando el canto de los pájaros y seguramente con la compañía de un chaparrón, porque en este bosque casi todos los días llueve un poco. La única manera de regar la exuberante vegetación.
Henry Abraham Flores también es testigo de esta nueva realidad. Vive en la zona desde hace más de 50 años, trabaja como guía y vio cómo las chozas de hojas se fueron transformando en casas de cemento y el turismo se apoderó del lugar (llegan cerca de 195.000 visitantes por año). Durante el ascenso al cerro Tortuguero, un volcán dormido, advierte: “Miren el piso, que puede haber serpientes terciopelo que son venenosas; nunca se sabe lo que vamos a ver”. Por suerte no aparecen, así que se disfruta sin sobresaltos de su clase magistral sobre la historia del lugar, la flora y las aves que se ven en el camino hasta llegar al mirador. La vista abierta a los canales y el mar a 119 metros de altura, después de subir más de 400 escalones, ayuda a entender un poco más esta particular geografía.
La vida aquí gira en torno del agua y las lanchas son el único medio de transporte. Los hoteles de categoría están desparramados en diferentes franjas de tierra, a donde solo se llega en lancha. En el pueblo también hay hoteles, restaurantes y algunos comercios.
Llegar a Tortuguero no es sencillo. Desde San José, la capital, requiere cerca de cuatro horas de viaje rutero hasta alguno de los dos puertos habilitados para el embarque: La Pavona y Caño Blanco. Y luego una larga navegación de cerca de una hora y media por el río La Suerte hasta el muelle del hotel elegido.
Para una velada diferente, una buena despedida será una cena en el restaurante flotante Katonga, del Mawamba Lodge, el único del país. No es un barco, sino una plataforma abierta, que navega suavemente por los canales durante dos horas mientras se disfruta un menú de cuatro pasos y de las vistas al pueblo y a la vegetación.
Los que siguen viaje para las playas del Pacífico o quieran visitar la siempre concurrida región del volcán Arenal, lejos de las multitudes y esquivando las tarifas altas de La Fortuna, pueden hacer una escala en Muelle San Carlos y alojarse en el Tilajari Eco Resort. Está a orillas del río San Carlos, rodeado de un gran jardín, donde viven perezosos, sobrevuelan cientos de aves y las ranas encuentran su mejor lugar. Un respiro más de naturaleza en un país que, por donde se lo mire, es pura vida.
Datos útiles
Cómo llegar
Tortuguero está en el Caribe norte. Se accede principalmente desde La Pavona, aunque varía según el traslado que ofrezca cada hotel. El viaje en lancha cuesta 9 dólares. Los que van por su cuenta pueden dejar el auto en un estacionamiento por 20 dólares por día.
Gastronomía
La comida típica es el gallo pinto (un sofrito con arroz y porotos negros), que se come tanto en el desayuno como en el almuerzo y la cena. Los jugos naturales, como el de ananá (Costa Rica es gran productor), suelen ser más económicos que las gaseosas.
Clase de cocina caribeña, con degustación, 40 dólares por persona. Una cena de cuatro pasos en el restaurante flotante Katonga cuesta 80 dólares por persona.
Alojamiento
En el pueblo se puede conseguir alojamiento desde 25 dólares la noche en casas de familia. Una noche en el lodge Mawamba, de estilo rústico, rodeado por la selva, cuesta desde US$120 con desayuno incluido.
Actividades
Entrada al parque, US$17. Tours en bote, US$45. Visita al cerro Tortuguero, US$32, con traslado, guía y entrada.
En el Caribe norte del país, el Parque Nacional Tortuguero, rodeado de un frondoso bosque húmedo, recibe a las tortugas marinas para desovar y es gran reservorio de flora y fauna para descubrir en paseos en lancha LA NACION

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