Podría decirse que el plástico, que tarda hasta 1.000 años en descomponerse y contamina los mares y la tierra es mala palabra. Pero en Monte Cristo, apenas a 25 kilómetros de la ciudad de Córdoba, la vieron y se anticiparon. Así, descubrieron una de sus caras más positivas y hasta lo convirtieron en virtuoso.

En Circularis lo transforman en resistentes durmientes para el ferrocarril, en las crucetas que son críticas para los tendidos eléctricos o en los perfiles para la construcción.

Allí pueden jactarse de lo que significa la articulación pública-privada en varios niveles: con los municipios y cooperativas para el reciclaje del plástico, con organismos como el INTI y especialmente con la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA).

El equipo de Circularis, Sergio Lavagna y la familia Frola

Circularis nació en 2013 como una típica start up, en el garage de la casa del ingeniero agrónomo Raúl Frola, su mujer Mónica, abogada de profesión y sus hijos, el licenciado en Administración Franco y Giuliano, contador,

En aquellos años, el concepto de economía circular recién estaba emergiendo en el mundo. La idea de emplear como insumos industriales al material descartable era considerada una rareza. Persistieron.

Hoy las regulaciones hacen de la economía circular la nueva regla. La empresa también presta servicios a otras compañías para la disposición final de sus residuos.

En 2017, Raúl viajó a una feria internacional en Moscú y descubrió otras posibilidades para el uso del plástico, entre ellas los durmientes para el ferrocarril y fue su momento Eureka.

Los durmientes sintéticos ferroviarios a medida y más resistentes.

Comenzó a explorar la idea. Necesitaban capital. En 2021 decidieron abrir la empresa que del garage ya había saltado a una fábrica en Monte Cristo. Y allí entró a tallar la figura de Sergio Lavagna, ingeniero industrial y uno de los hijos del ex ministro de Economía, Roberto Lavagna. Se incorporó como socio director.

El proceso arranca con convenios con 60 cooperativas y otros 60 municipios que a fuerza de capacitación preclasifican los residuos que serán la materia prima que llegará a la fábrica.

“Segregar en origen es mucho más eficiente que hacerlo en la planta”, señala a Clarín Franco Frola.

Esa materia prima se divide entre plásticos rígidos como los envases de lavandina, champúes, entre otros, Y los blandos que abarcan a las bolsas o diversas envolturas de plásticos. En ambos casos se muelen. Y en un desarrollo conjunto con la Universidad Nacional de Córdoba, el INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) y la CNEA lograron tras esa mezcla, una formulación especial y una radiación para fabricar durmientes más resistentes y durables que la madera. Los llaman durmientes sintéticos. Son la única empresa en la Argentina. Facturan US$ 2,5 millones al año.

La matriz que poseen en Circularis permite armar bloques de 24 centímetros de ancho, 20 centímetros de alto y una longitud de 2 a 4,5 metros. Pesan entre 70 a 150 kilos.

Un capítulo aparte fue el aporte de la CNEA, ya que con una máquina de aceleradores lineales irradian una pequeña parte del plástico reciclado, penetra el material y el efecto se expande al resto. De ese modo mejoran toda la capacidad física del material al propagar el efecto.

El Belgrano Cargas, tras una licitación internacional, los eligió en 2023 para que lo abastezcan de durmientes, el contrato está por vencer pero la Administración de Infraestructura Ferroviaria acaba de llamar a otra licitación internacional.

Abrieron una filial en Chile y ya concretaron su primera exportación de durmientes. “Para Chile no solo significa reutilizar el plástico sino que perduren sus bosques de madera. Además se trata de un material más seguro, porque la madera se deteriora rápido. Su uso se extiende unos 50 años, mientras el sintético puede llegar a los 1.000 años”, apunta, dice que sin exagerar, Lavagna. Otro dato de esta Argentina verde: Circularis estuvo este año entre las cinco empresas del mundo elegidas por este desarrollo.