La Bombonera vuelve a latir al ritmo de una vuelta olímpica épica. El grito contenido durante tres años y medio se desató en Brandsen 805 para celebrar la tabla anual 2026. Aunque en este vertiginoso fútbol el trofeo pronto comparta marquesina con quien se consagre en el Clausura y otro sinfín de copas, su peso es incalculable: Boca es nuevamente campeón, corta una sequía asfixiante y valida un proceso digno de resurrección. En el centro de ese renacimiento, graficado a la perfección al verse en la tribuna abrazos que hace meses en silbidos, no hay milagros pero sí un salvador: Rodolfo Arruabarrena, el hombre que decodificó un club que navegaba a la deriva y le dio una identidad competitiva para conseguir un suceso que hace tan solo un semestre parecía imposible.

El 18 de junio, al cruzar por primera vez la puerta de Boca Predio, el panorama era desolador. Boca venía de quedar eliminado en fase de grupos de la Libertadores bajo una inédita lluvia de silbidos. El Vasco llegó casi desde el exilio tras una década en Medio Oriente, fuera del radar mediático y con la referencia de un primer ciclo que había dejado deudas en los clásicos. Pero no solo dio vuelta ese tópico, sino que por sobre todas las cosas hizo ver fácil lo más difícil: forjó un equipo inteligente que dejó de pegarse tiros en los pies o con muestras de apatía en las citas determinantes.

"Obviamente que es la segunda etapa y espero poder estar a la altura y responder a la gente. Tratar de armar un equipo que pueda demostrar y estar identificado con el hincha. El jugador de Boca tiene que tener personalidad", prometió al llegar al país. Y pulverizó cualquier expectativa aplicando el sentido común. Al asumir no le tembló el pulso para descartar a Edinson Cavani y Ander Herrera, o para limpiar el lateral derecho (Juan Barinaga y Marcelo Weigandt) y exigir la llegada de un Leandro Lozano.

"EL JUGADOR DE BOCA TIENE QUE TENER PERSONALIDAD" 🔵🟡

Tras llegar al país para asumir como nuevo entrenador del Xeneize, RODOLFO ARRUABARRENA habló con la prensa y contó sus sensaciones de cara a su segunda etapa en el club.

🗣️ "Estoy convencido de que hay un buen plantel, si… pic.twitter.com/LPTvaLoyqR

— TNT Sports Argentina (@TNTSportsAR) June 12, 2026

Esa coherencia guio todo su ciclo: apostó por el pibe "Jagger" Herrera postergando a Ayrton Costa y Marco Pellegrino; y confió en la irrupción de Leonel Flores por encima del millonario regreso de Sebastián Villa, sin dudar en sentar al juvenil cuando su nivel bajó. Siempre jugó el que mejor estaba.

Arruabarrena mostró una faceta radicalmente evolucionada. Dejó atrás una marcada postura jugadorista para combinar seriedad en los micrófonos con una justa dosis de sinceridad. Lo mostró rápido, cuando tras ser goleado en el arranque ante Riestra con un equipo alternativo, marcó la cancha: “El vestuario es un cementerio. Eso está bien, que duela”. Expuso la herida de un plantel anestesiado y la fórmula surtió efecto.

Arruabarrena le devolvió la felicidad a Boca. Foto Marcelo Carroll - FTP CLARIN.

Moldeado bajo el ejemplo de referentes como Leandro Paredes, el grupo pasó a desvivirse por no querer perderse ningún partido y a colaborar desde donde tocara. "El Vasco nos cambió la mentalidad, la idea de jugar a lo que queremos", confesó el propio capitán.

Bajo su mando, le puso alma a un Boca desalmado. Pasó de desmoronarse en la adversidad a saber sufrir y rebelarse. Sanó la vieja herida de los clásicos y volvió a pisar fuerte internacionalmente con clasificaciones épicas en el Morumbí y en el Maracaná. Cuando se insinuó que el equipo ganaba por inercia o fortuna, él mismo lo cortó de raíz: “Acá con el culo no se gana. Se gana con el trabajo, la concentración, no tantos días libres y viajes”.

A menos de cinco meses de asumir, aquel Boca silbado hoy da la vuelta olímpica. Consiguió el primer trofeo que peleó y sigue vivo en todos los frentes. Tras la épica en Río de Janeiro había soltado entre risas: “Si no ganamos nada me tendré que ir a la mierda”. Ya no tendrá que hacer las valijas. Con La Bombonera rendida a sus pies, su próximo desafío será mantener el cauteloso “todavía no ganamos nada” o confirmar que este título es apenas el prólogo de una coronación absoluta.