Lo vínculos familiares van cambiando con la edad de cada integrante, sin embargo ciertas "islas" de sentido, de costumbres y configuraciones, son para siempre. Los expertos en psicología coinciden en que hay hijos adultos que se sienten culpables después de establecer un límite razonable con uno de sus padres. ¿Qué nos dice ello?

La relación con los padres es una de las que más "muta" a lo largo de la vida. En un principio lo son todo, el sostén para sobrevivir. Luego, un modelo a seguir y quienes imponen los límites de los sí y los no, también para revelarse a ellos posterioermente.

Por que los hijos adultos pueden culpables al ponerle límites a sus hijos. Foto Shutterstock.

Pero en la adultez el tema se complejiza más, y la mirada sobre los padres ya no es la misma, siendo que, muchas veces, el ciclo de la vida hace que los hijos sean los que deben cuidarlos en su vejez. Un ciclo tan conocido como cruel.

En estos vínculos existen también ligazones invisibles muy difíciles de cuestionar, y creencias o sentimientos que se gestaron en la infancia, que de adultos hacen sentir.

No son egoístas: por qué la culpabilidad con los límites a los padres se vincula a la búsqueda de ser "bueno"

Una autora reflexiona sobre todo esto en un artículo del sitio digital Bolde, en el que comienza definiendo que los límites suenan a algo simple de efectuar, hasta que lo pruebas con un padre.

Cuenta un ejemplo simple para comenzar su reflexión: una hija llama a su madre antes de una fiesta familiar y le pide, sin enojos y tranquila, que le agradecería si no comenta nada sobre su cuerpo este año, ya que está tratando de reparar su relación con la comida.

La madre devuelve del otro lado una queja irónica: "Creo que soy una madre terrible, supongo que ya no puedo decirte nada". Cinco minutos después, la joven se pregunta si no fue mala. No. No lo es, según indica la autora.

Los vínculos entre padres e hijos, difíciles y amorosos. Foto Shutterstock.

Pero, indica, sí tiene que ver con haber crecido creyendo que un buen niño mantiene a todos cómodos. La incomodidad de otra persona es aún vista como que uno hizo algo mal. En esa casa, "bueno" significaba mantener a todos los demás cómodos, ahonda la autora.

Asegura que los límites, el plantarse de determinada manera más allá de la incomodidad del otro, es algo que se aprende. Y en esas casas, nadie les enseñó así a esos hijos, que ahora crecieron y lo sienten en carne propia.

El texto cita a la experta Ingrid Clayton, psicóloga clínica, quien describe a los niños en hogares como ese aprendiendo a leer los contextos y ver primero. Se convierten en el chico bueno, el pacificador, el que todo el mundo puede contar. El precio, indica, no se ve y puede ser ansiedad crónica, un sentido perdido de identidad o un hábito de auto-silenciarse.

"No eligió ese papel": la contundente máxima que se revela en la adultez

Según los expertos, ese papel ya se les había asignado cuando se dieron cuenta a la edad suficiente. Ojo, la lección aprendida no es que nunca ese chico podía tener una necesidad, pero venía con una aclaración: sus necesidades están bien, siempre y cuando no hagan más difícil el día de nadie más.

Se describe que el límite es nuevo, pero el sentimiento es viejo. Entonces, los reclamos del estilo: "No hagas comentarios sobre mi peso" o "Llamame antes de venir", son palabras adultas con los padres, pero la respuesta de culpa debajo de ellas es muy antigua, y se remonta a la crianza.

Los límites a los padres en la adultex pueden dar culpa. Foto Shutterstock.

La autora indica que la culpa puede ser real, pero que aún así puede estar equivocada. "La culpa no siempre significa que hiciste algo mal", destaca. Puede significar que hiciste algo "que nunca has hecho antes", insiste.

Por último, nombra a la psicóloga clínica Jennifer Guttman, quien describe la culpa que sigue un límite como "una respuesta de miedo aprendida". El sistema nervioso se prepara para el rechazo. Concluye en que las cosas nuevas, en las familias que se ejecutaron en las viejas reglas durante mucho tiempo, tienden a ser incómodas para todos.