El límite no es un tema menor dado que es una de las primeras experiencias psíquicas que organizan a un sujeto. Desde los primeros meses de vida, el bebé necesita que alguien le ponga un límite al mundo porque no hay un psiquismo posible sin un afuera que contenga, que diga hasta acá.

El pecho que no está siempre disponible, el “no” del adulto ante el peligro, la espera antes de la satisfacción, todo eso, que en el momento se vive como frustración, es lo que le permite al niño ir construyendo la diferencia entre él y el otro, entre el deseo y la realidad.

El límite, entonces, no es lo opuesto del amor. Es una de sus formas.

Cuando ese proceso se cumple razonablemente bien, la persona adulta incorpora algo así como una brújula interna que le permite saber hasta dónde puede llegar con el otro y hasta dónde puede dejar que el otro llegue con ella.

Cuando ese aprendizaje falla -por exceso o por defecto- aparecen dos figuras clínicas opuestas frecuentes.

Está quien no puede poner límites. Suele ser alguien que en su historia aprendió que el propio deseo molesta, que decir que no pone en riesgo el vínculo. Como adulto, dice que sí a lo que no quiere, tolera lo que le hace mal, se hace cargo de lo que no le corresponde.

Los costos de no poder poner límites son la ansiedad y resentimiento acumulado. / Foto Shutterstock.

Cómo repercute en la salud

El costo no es abstracto, son cuadros de ansiedad, resentimiento acumulado, un cansancio que ningún descanso resuelve porque no es físico, es psíquico.

Con el tiempo, muchas veces aparece también un cuerpo que empieza a poner los límites que la persona no puso con dolores, insomnio, síntomas que hablan donde la palabra no llegó.

Y está quien no puede tolerar el límite del otro. Cualquier “no” se vive como una ofensa, una traición, un desafío a resolver.

Es una posición que a veces parece fortaleza, pero en realidad es fragilidad porque quien no soporta ningún límite ajeno suele tener, en el fondo, una idea frágil de sí mismo, que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro.

Las relaciones con esa persona tienden a organizarse alrededor de su voluntad, y eso, a mediano plazo, las vacía.

Es importante saber decir no sin sentir que se traiciona al otro. / Foto Shutterstock

La capacidad de decir no sin culpa

Entre esos dos extremos hay un punto que no es ni sumisión ni imposición, es la capacidad de decir no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como amenaza.

Es, también, un punto que se paga ya que poner un límite implica un riesgo en una relación ya que se lo dice a alguien de quien se depende -afectiva, económica o simbólicamente- y esa dependencia es justamente lo que había mantenido el límite indecible hasta entonces.

A su vez, tolerar y aceptar el límite del otro implica renunciar a la fantasía de que el deseo propio puede o debe cumplirse siempre. Ninguna de las dos cosas es gratuita, pero ambas suelen ser menos costosas que sus alternativas.

Vale aclarar que esto no es un rasgo de carácter inmodificable. Es algo que se construyó en un momento -en esos primeros años, en esos primeros “no”- y que, cuando no se construyó bien, puede revisarse y corregirse por otro. Un adecuado tratamiento ofrece un espacio donde aprender a decir “hasta acá”.

Quizás la cuestión de fondo no sea “hay que poner límites” versus “no hay que ponerlos”, es más bien cuándo el no-límite es prudencia genuina y cuándo es evitación disfrazada de prudencia.

Acaso sirva pensar cuándo fue la última vez que alguien pudo decir que no sin sentir que traicionaba o dañaba al otro.

E.M.