La mayoría de los meteoritos que llegan a la Tierra cayeron sobre el océano o en medio de la vegetación. Sin embargo, existe un continente donde los investigadores han recuperado más de 45.000 de estos objetos. Ese lugar actúa como un imán para todo tipo de fragmentos de asteroides y otros cuerpos celestes de una manera bastante curiosa.

Un informe del Observatorio Terrestre de la NASA destaca que, desde 1912, se han recuperado miles de meteoritos en la Antártida. En concreto, más de la mitad de los 80.000 que llegaron a nuestro planeta en el último siglo.

Gran parte de los meteoritos arriban a las costas de la Antártida y luego se pierden en el océano. Sin embargo, en algunas zonas de la Antártida Oriental, el hielo que fluye encuentra barreras como la Cordillera Transantártica. Entonces, pierde velocidad, se acumula o se desvía.

La Antártida presenta una ventaja para hallar meteoritos: una piedra pequeña, del tamaño de una nuez, se vuelve un objetivo sencillo para los investigadores debido al fuerte contraste visual con el suelo blanco. Además, el frío extremo y la sequedad preservan la estructura química original.

¿Cómo llegan a la Antártida?

El secreto para que el continente se haya convertido en un verdadero "imán" de meteoritos son las zonas de varamiento o áreas de hielo azul. Si uno de estos objetos en el centro del continente, queda enterrado bajo varias capas de nieve que luego se transforman en hielo. El flujo lento y constante de los glaciares transporta estas rocas hacia las cadenas montañosas.

La Cordillera Transantártica es una barrera para el hielo que transporta los meteoritos. Foto: Michael Studinger/NASA.

En las montañas, como vimos, el hielo choca con los obstáculos, sube a la superficie y se evapora por acción del viento, dejando las rocas visibles. Este mecanismo de acumulación permite que programas científicos, como el internacional ANSMET, logren recolectar cerca de 1.000 cada año.

En 2018, Barbara Cohen, científica del Centro Goddard de la NASA, participó de una expedición ANSMET. Ella relata que cuando el equipo encontraba posibles meteoritos, les tomaba fotografías y registraba su ubicación GPS. Luego, los colocaba en bolsas estériles para evitar la contaminación.

A pesar de que el blanco de la superficie facilita la tarea, Cohen afirma que hay que tener un “ojo experto” para detectar meteoritos. “Son negros, redondos, tienen metal o una corteza de fusión, excepto cuando todo o algo de ello falta; son una colección diversa de material del sistema solar, algo que no pertenece a la Antártida”, explicó.

Mientras la búsqueda de meteoritos en la Antártida entusiasma a la ciencia, estudios recientes publicados en revistas científicas advierten sobre una amenaza creciente para este archivo cósmico. El calentamiento global está provocando que la superficie helada sea cada vez más delgada, permitiendo que las rocas oscuras absorban más radiación solar.

Al calentarse, el meteorito derrite el hielo que lo sostiene y se hunde hacia las profundidades, volviéndose inaccesible para los científicos que recorren las zonas de búsqueda actuales.

Barbara Cohen posa junto a un meteorito hallado en la Antártida. Foto: NASA.

El valor científico de estos hallazgos es incalculable, ya que permiten estudiar materiales que no han sido alterados por la actividad biológica terrestre. La Antártida seguirá siendo el principal laboratorio astronómico del mundo mientras las condiciones climáticas permitan que esta "cinta transportadora" siga funcionando.