Por si algo faltaba en la intensa batalla electoral en Brasil, a pocos días de que se abran las urnas, estalló un extraordinario conflicto político y mediático en torno al destino de la Virgen de la Aparecida, la patrona católica del país. Esta peculiar guerra santa comenzó con una fake publicada por un influencer y de inmediato se alimentó, entre otros antecedentes, de algún comentario, lanzado aparentemente con otras intenciones, que hizo el candidato conservador Flávio Bolsonaro. Evangelista confeso, afirmó que si gana la presidencia “uno de mis primeros actos será decretar que Brasil es del Señor Jesucristo”. La controversia escaló rápidamente hasta involucrar al Congreso, la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil y a las principales figuras de la política nacional.

El candidato conservador reaccionó con furia afirmando que es víctima de una fake news y hasta ha pedido a la justicia que detenga funcionarios de comunicaciones del Palacio de Planalto, la sede del gobierno, que retuitearon cuestiones vinculadas con este espinoso tema. Pero las cosas tomaron rápidamente su propia previsible dinámica. El presidente Lula da Silva, que pelea su reelección este mes de octubre frente a Bolsonaro, salió a denunciar que “es inaceptable profanar a la Virgen de Aparecida" y afirmó que "ya ha habido personas de la religión evangélica atacando" a la santa. La familia Bolsonaro está muy vinculada al pastor Silas Malafia, un líder evangélico ultra conservador que en más de una ocasión apareció reclamado la finalización del patronazgo de la Aparecida.

Las versiones en las redes fueron aún más allá: proclamaron que la intención final era descatolizar los símbolos del Estado e imponer una visión neopentocostal, la variante más rígida del poderoso culto evangélico en Brasil que en todas sus versiones involucra a cerca de 35% de la población nacional.

Aunque sonaba descabellado, la noticia prendió como pólvora porque descansaba sobre un precedente real. En 2007, el diputado y pastor evangélico Victório Galli había presentado una proyecto en el Congreso para revocar el estatus de la santa. El texto fue archivado sin tratar un año después, pero en las redes fue velozmente desenterrado. A eso se sumaron de manera calculadora aquellos comentarios de Bolsonaro.

El ex presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, participa en una misa en la Basílica de Nuestra Señora de Aparecida para rendir homenaje a la patrona de Brasil, en la ciudad de Aparecida, en 2022. Foto Reuters

Para la tercera semana de septiembre, la desinformación adquirió dimensión nacional. En los noticieros y en las transmisiones de televisión en vivo comenzó a debatirse el tema. Incluso hubo propuestas para ir a votar con la imagen de la Virgen en la camiseta. La cadena GloboNews llegó a hacer mención al polémico proyecto de Galli, obligando a sus periodistas a rectificarse horas después al aclarar que el texto estaba archivado desde hacía casi dos décadas y que no había ninguna iniciativa actual en trámite.

Lula sale en defensa de las tradiciones católicas

Convencido del impacto electoral de la guerra santa en las redes, Bolsonaro publicó un apresurado video grabado durante sus recorridas de campaña en Minas Gerais y calificó el rumor como "la mayor fake news de la campaña" acusando al oficialista PT y a otros organizaciones aliadas del gobierno de haber construido una falacia para desprestigiarlo.

Del otro lado, ignoraron la furia del postulante conservador y así como Lula, la cúpula del gobierno se metió en la controversia. El vice-presidente Geraldo Alckmin, un católico practicante y la primera dama Rosângela "Janja" da Silva salieron en defensa de las tradiciones católicas. El gobierno paso a ser el "guardián" de los símbolos sacros frente al supuesto “avance del ala radical de la derecha religiosa”.

Ahí el joven Bolsonaro cometió una falla política que no hizo más que escalar la polémica. No conforme con atacar al gobierno y a su poderoso adversario electoral, afirmó que "gente dentro de la CNBB", la Conferencia Nacional de Obispos, había colaborado activamente el PT para diseminar la mentira. Enfrentando ahí sí a una iglesia con la otra.