La caída de la natalidad y el envejecimiento poblacional constituyen una de las transformaciones más profundas de nuestro tiempo. Sus efectos sobre las jubilaciones, la salud, el empleo y el crecimiento económico fueron estudiados ampliamente. Pero hay una dimensión menos explorada: su impacto sobre la democracia.

Las democracias modernas se consolidaron en sociedades con una estructura demográfica muy distinta de la que viene. Durante buena parte del siglo XX, las nuevas generaciones eran numerosas y los mayores representaban una porción pequeña de la población. Ese mundo cambió: la caída de la fecundidad, sumada a la mayor longevidad, transformó la pirámide de edades. En la Argentina, el número de nacimientos cayó cerca de un 50% desde 2014. Habrá menos jóvenes y más mayores. Y cuando cambia la composición de la población, cambia también la del electorado.

En una democracia cada ciudadano tiene un voto, pero las generaciones no pesan igual ni votan con la misma intensidad. Si los jóvenes son cada vez menos y, además, participan menos que los mayores, su influencia política puede caer más rápido que su peso demográfico. El electorado puede así envejecer más rápido que la propia población.

Una investigación de Barilari, Mastrorocco y Paradisi, en European Journal of Political Economy 2025, analizó durante casi dos décadas la relación entre envejecimiento y voto en catorce países europeos. En 2002, los menores de 50 años representaban el 52% de los votantes; en 2018, menos del 45%. El cambio demográfico explica solo una parte: en el mismo período, la propensión a votar de los mayores de 50 subió levemente, mientras que la de los menores de 50 cayó cerca de un 6%. El envejecimiento demográfico fue amplificado por la conducta electoral.

Datos de la Cámara Nacional Electoral muestran que Argentina no es una excepción. El ausentismo entre los jóvenes de 18 a 30 años crece desde 2017 y alcanzó un récord en las elecciones legislativas de 2025: no votó el 34,5%. Entre quienes tienen de 50 a 65 años, en cambio, el ausentismo rondó el 20%. Los jóvenes representan cerca de uno de cada cuatro electores, pero apenas el 7% de los afiliados a partidos. Si a su menor peso demográfico futuro se suman una participación electoral más baja y una presencia partidaria reducida, su subrepresentación puede ampliarse.

Cuando cambia el electorado, también puede cambiar la agenda. Si los mayores son una proporción creciente del padrón y participan más, es esperable que partidos y candidatos atiendan especialmente sus demandas. Jubilaciones adecuadas son necesidades legítimas y ganarán importancia en sociedades envejecidas. El problema aparece si ese desequilibrio desplaza las inversiones de largo plazo -educación, empleo joven, vivienda e innovación- que resultan más relevantes para las nuevas generaciones. En Europa ya se encontraron indicios de un giro de las plataformas electorales hacia los temas de interés de los votantes mayores, más marcado en los países donde el envejecimiento avanzó más rápido.

Puede formarse entonces un círculo difícil de romper: los jóvenes votan menos, sienten que la política no los representa y se alejan más. Esa distancia vuelve a aumentar el peso relativo de quienes sí participan.

A esta transformación se suma una brecha generacional en las actitudes hacia la democracia. Los datos de Latinobarómetro 2024, correspondientes a 17 países de la región, muestran diferencias significativas. Mientras el 58% de las personas de 60 años y más sostiene que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, entre los jóvenes de 16 a 30 años esa proporción baja al 45%. A la vez, el 21% de los jóvenes considera que un gobierno autoritario podría ser preferible en ciertas circunstancias, frente al 13% entre los mayores de 60, y un 21% se declara indiferente respecto del tipo de régimen bajo el que vive. Casi la mitad de los jóvenes Latinoamericanos cree, además, que la democracia podría funcionar sin partidos políticos (48%), sin Congreso (44%) o sin oposición (43%). Estas respuestas no equivalen necesariamente a un rechazo de la democracia como ideal, sino que expresan una relación más instrumental con sus instituciones: se las valora en la medida en que producen resultados y se desconfía de ellas cuando no lo hacen.

El malestar no es exclusivo de los jóvenes, pero es más intenso entre ellos. Crecieron viendo convivir las formas democráticas con la desigualdad, la corrupción y la ineficiencia, y perciben que muchas de sus demandas quedaron relegadas. La paradoja es que quienes tendrán que vivir durante más tiempo con las decisiones actuales son quienes poseen un peso electoral decreciente y muestran una relación más frágil con el sistema democrático.

Esto no implica que los mayores voten solo según su interés, ni que los jóvenes formen un bloque homogéneo.

Las democracias de la región enfrentan así un doble desafío: adaptarse a sociedades cada vez más envejecidas y fortalecer la legitimidad entre los jóvenes. Los adultos mayores siguen aportando una base de sostén al sistema democrático, apoyada en la memoria histórica de épocas de inestabilidad o autoritarismo. Pero esa estabilidad electoral puede convivir con una crisis de legitimidad silenciosa si los más jóvenes sienten que la democracia no está diseñada para responder a sus necesidades. Entender ese desequilibrio es una condición necesaria para pensar el futuro de la democracia.