Durante 25 años, la vegetación fue ganando terreno en Casa Vega. Las plantas crecieron hasta convertir la entrada en una jungla, las raíces se abrieron paso por las paredes y un aguacatero y un naranjo siguieron dando fruta como si el tiempo no hubiera pasado.

En esta casa familiar de Gran Canaria, construida hace 200 años, la vida había continuado a su manera, incluso después de que sus habitantes se marcharan.

Cuando Juanjo (31 años) y su hermano Carlos (27 años) regresaron, acompañados por su amigo Guille (26 años), apenas podían reconocer el lugar.

Recuerdos, nostalgia y restauración

“Yo la recordaba de cuando era pequeño, pasando las tardes con mis padres, mi abuela y mis tíos, y jamás se me olvidó cuando con cinco o seis años me colgaba para recoger aguacates. Volver a ver el lugar después de tantos años fue increíble”, recuerda Juanjo en una entrevista para La Vanguardia.

En cambio, Carlos, tenía un recuerdo más difuso, ya que al poco de nacer fue cuando se abandonó la vivienda. “El único recuerdo que tengo es con 10 años haber ido un día a recoger aguacates y ver cómo estaba, pero ya tenía mucho deterioro”, comparte.

Lo que sí sabían es que su abuelo había puesto mucha ilusión en ella. Tras su fallecimiento, fue degradándose con el paso del tiempo, ya que sus familiares no podían dedicarle el cuidado que requería.

Juanjo, Carlos y Guille están reformando Casa Vega. Foto: Cedida/La Vanguardia

La familia llegó a plantearse venderla, pero “pensamos que era una pena perder esta maravilla de casa”, expresan. Fue ahí cuando decidieron visitarla.

“Yo no había estado nunca en esa casa y cuando la vi por primera vez no podía dejar de pensar en cómo era la casa de mis padres antes de reformarla. Por muy abandonada que estuviera, sabía que valía la pena restaurarla”, expresa Guille. Así comenzó una aventura que, de momento, tiene un objetivo claro: devolverle la vida a Casa Vega.

Un vínculo muy especial

A pesar del deterioro, los tres vieron desde el principio el potencial, pero pronto se encontraron con los primeros obstáculos. “De primeras nos pareció un poco una misión imposible porque las plantas eran más altas que nosotros y descubrimos que el suelo era de cemento, y no de tierra”, narran.

El interior se encontraba en mejor estado, aunque también escondía las huellas del paso del tiempo. Entre sus estancias aparecieron bolsos, vestidos, máquinas de coser, relojes, gafas, fotografías y hasta puros y pipas que habían pertenecido a su abuelo.

“Estaba lleno de antigüedades. Fue lo que más curiosidad nos generó porque conservaba todos los objetos familiares y muchos de ellos formaron parte de la vida de nuestros antepasados no tan lejanos”, relatan.

Pero el hallazgo que más les sorprendió estaba en el patio. Al retirar la tierra que cubría el cemento, aparecieron las huellas de la perra de sus abuelos y las manos de un tío, junto a la fecha de una antigua obra. Aquellas marcas cambiaron su manera de mirar Casa Vega.

“Pasamos de ver una casa con la que no teníamos mucha conexión a entender que es nuestra casa familiar, y que reformarla es retomar un legado, con el mismo cariño con el que nuestro padre y nuestros tíos nos cuentan que nuestro abuelo puso en ella”, aseguran.

Una reforma en marcha

La primera fase de la rehabilitación, en la que se encuentran ahora mismo, consiste en limpiar y vaciar la propiedad, tanto por dentro como por fuera. Una tarea que se está alargando más de lo previsto por la cantidad de objetos y antigüedades que deben clasificar y por todo lo que implica retirar 25 años de abandono.

Después, llegará el que consideran “el mayor reto”, tanto por trabajo como por financiación, que será la estructura, especialmente el tejado.

“Las construcciones de teja tal y como se hacían en Canarias en la época, llevaban mucha tierra, trozos de madera y la impermeabilización no era la mejor. Todo eso evidentemente ha contribuido al deterioro de la estructura y el tejado, en el que han crecido hasta plantas entre las tejas”, reflexionan.

Una vez resuelta esta parte, deberán restaurar la madera de los techos y los suelos, renovar las instalaciones de luz y agua y estudiar la distribución y la decoración. Además, mientras llevan todo esto a cabo, siguen investigando los orígenes de la finca.

Casa Vega, en Gran Canaria, fue la primera casa de la zona. Foto: IG @casavegagc

“Según la topografía antigua de la zona, esta fue la primera casa que se construyó. Nos gustaría seguir descubriendo su historia y saber con más detalle las fechas de su construcción, poco a poco vamos encontrando más información”, admiten.

Esfuerzo, ganas y curiosidad

La labor que los tres hacen en Casa Vega tiene como base su esfuerzo y curiosidad, ya que ninguno es restaurador profesional.

“Soy ingeniero industrial, pero me encanta restaurar y reformar todo lo que tenga entre manos. Nuestro padre, que también es ingeniero, siempre ha sido muy hábil en reparaciones y nos ha transmitido la curiosidad y el deseo por arreglar las cosas”, cuenta Carlos.

Guille, que trabaja en el ámbito de la educación, también creció viendo cómo sus padres reformaban una casa canaria antigua. “Tal vez por eso me llamó la atención darle una mano a Carlos. Intento aportar lo que he aprendido de mis padres y de la vida en el campo”, dice.

Así, “hemos ido aprendiendo muchas cosas a medida que investigamos y nos encontramos con problemas”. También cuentan con el apoyo de familiares y amigos con experiencia en construcción, ingeniería y rehabilitación.

Todo ello mientras compaginan el proyecto con sus trabajos y su tiempo libre. “Supone un verdadero sacrificio, pero sin duda vale la pena”, expresan.

¿Cómo se financia una restauración?

El proyecto no solo requiere tiempo y trabajo, sino también dinero. Para financiarlo, los tres recurren al contenido que comparten en redes sociales y a los acuerdos comerciales.

“Nuestra principal fuente económica es el contenido que hacemos en redes y los acuerdos con patrocinadores y empresas que deciden colaborar con nosotros aprovechando el alcance de nuestras plataformas”, cuentan.

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Tres jóvenes reforman la casa de 200 años de sus abuelos.

En esta parte, Juanjo desempeña un papel importante. Su trabajo como creativo en publicidad y social media le ha permitido dar visibilidad a las obras a través de su perfil de Instagram.

“Vivo en Londres, así que me encargo de ayudar más con la parte de redes sociales, y cada vez que vuelvo a Gran Canaria aprovecho para echarles una mano físicamente”, comparte.

Todavía no han calculado el presupuesto total, pero ya saben que “gran parte del presupuesto se irá con la reforma del techo, jardines y la rehabilitación de una parte de la casa que está completamente en ruinas”, apuntan.

Casa Vega en el futuro

Aunque tienen muchas ideas en mente, ninguno de los tres tiene prisa por decidir qué será de Casa Vega cuando terminen las obras. “Nos gustaría que se quedara en la familia y seguir utilizándola como punto de reunión familiar. Es parte de nuestra historia familiar, y queremos que siga siéndolo para poder disfrutarla durante muchos años”, afirman.

Para ellos, además, estas casas tradicionales representan una parte de la historia de Canarias. “Este tipo de casas tradicionales representa el legado de todo un pueblo, de sus tradiciones y de sus costumbres, siendo vital preservar ese patrimonio histórico y cultural”, comparten antes de añadir: “Una herencia que vale la pena cuidar con el cariño y la responsabilidad que merece”.

Por ello, están comprometidos a que la rehabilitación sea lo más respetuosa posible: “Queremos hacerlo todo lo mejor posible para que siga en pie durante 200 años más y mantenga su esencia”.

La reforma apenas ha comenzado. Aún quedan el tejado, las instalaciones, los jardines y una parte de la casa que necesita ser reconstruida.

Pero Casa Vega ya ha empezado a recuperar algo que parecía perdido: el vínculo de sus herederos con una vivienda que, durante años, habían visto como una propiedad abandonada.

“Volver a descubrir la casa ha sido muy especial, ha sido una forma de conectar con nuestras raíces y la historia de la familia, que en gran parte desconocíamos”, concluyen.

Jara Bravo, La Vanguardia