“Debe ser lindo poder viajar tanto”, “debe ser lindo trabajar cuatro días por semana” o “debe ser lindo no preocuparse por el dinero”. A veces la frase es simplemente un comentario. Otras, puede aparecer cuando alguien posee algo que nosotros también querríamos tener.

La psicología lleva décadas intentando comprender qué ocurre cuando las personas comparan su situación con la de quienes parecen encontrarse en una posición mejor. Una de las emociones posibles es la envidia, aunque sentirla no significa necesariamente desear que al otro le vaya mal.

La teoría que comenzó hace más de 70 años

El psicólogo estadounidense Leon Festinger formuló en 1954 su conocida teoría de la comparación social. Su propuesta sostenía que las personas tienen una tendencia a evaluar sus capacidades y opiniones utilizando a los demás como referencia, especialmente cuando no existe una medida objetiva disponible.

Investigaciones posteriores ampliaron esa teoría e identificaron las llamadas comparaciones ascendentes: aquellas que hacemos con alguien a quien consideramos mejor posicionado en un aspecto que resulta importante para nosotros.

La envidia no se manifiesta en todos los que tienen más que tú.

Puede ocurrir al conocer el sueldo de un compañero, observar la casa de un amigo o descubrir los viajes de alguien en las redes sociales.

Qué pasa cuando alguien tiene algo que deseamos

Una comparación ascendente no produce necesariamente una emoción negativa. La persona puede experimentar admiración, sentirse inspirada, mostrarse indiferente o percibir una distancia entre lo que posee y aquello que le gustaría alcanzar.

La envidia puede aparecer precisamente cuando la ventaja de otra persona resulta relevante para quien se compara. Pero los investigadores encontraron que incluso esa emoción aparentemente sencilla puede adoptar formas muy diferentes.

La envidia puede aparecer precisamente cuando la ventaja de otra persona resulta relevante para quien se compara.

Las dos formas de envidia que encontraron los investigadores

Niels van de Ven, Marcel Zeelenberg y Rik Pieters, investigadores de Tilburg University, realizaron una serie de estudios para distinguir entre dos experiencias: envidia benigna y envidia maliciosa.

En ambos casos existe una comparación desfavorable. Lo que cambia es hacia dónde se dirige la respuesta. La envidia benigna puede impulsar a una persona a intentar mejorar su propia posición. La maliciosa, en cambio, está más relacionada con el deseo de que quien posee la ventaja deje de tenerla.

La envidia benigna puede impulsar a una persona a intentar mejorar su propia posición. La maliciosa, en cambio, está más relacionada con el deseo de que quien posee la ventaja deje de tenerla.

La diferencia permite cuestionar la idea de que envidiar a alguien equivale siempre a sentir resentimiento.

Cuando la envidia puede aumentar la motivación

En otro trabajo, van de Ven y sus colegas analizaron experimentalmente qué ocurría después de inducir distintas emociones. Los participantes que experimentaban envidia benigna mostraron una mayor motivación y, en determinadas tareas, un mejor desempeño que aquellos inducidos a sentir admiración.

La incomodidad producida por la comparación podía actuar como un impulso para intentar reducir la distancia con la otra persona.

Los participantes que experimentaban envidia benigna mostraron una mayor motivación y, en determinadas tareas, un mejor desempeño que aquellos inducidos a sentir admiración.

Esto no convierte a la envidia en una emoción necesariamente positiva. Muestra que sus consecuencias dependen, entre otros factores, de cómo se procesa esa diferencia.

Por qué cuesta admitir que sentimos envidia

Reconocer “tengo envidia” puede resultar particularmente incómodo. La emoción tiene una fuerte valoración social negativa porque supone admitir que otra persona posee una ventaja deseada y que esa diferencia nos afecta.

Por qué cuesta admitir que sentimos envidia.

Por eso, expresar abiertamente admiración suele ser más sencillo que reconocer envidia. Sin embargo, los estudios no permiten concluir que exista una frase determinada que las personas utilicen sistemáticamente para ocultarla.

Las redes sociales multiplican las comparaciones

Las oportunidades para compararse también cambiaron. Las redes sociales permiten observar diariamente viajes, ascensos, relaciones, viviendas y otros logros de cientos de personas. Además, lo que aparece en pantalla suele ser una selección de momentos especialmente favorables.

Investigaciones sobre comparación social en estas plataformas encontraron asociaciones entre las comparaciones ascendentes, la envidia y diferentes indicadores de bienestar.

Eso tampoco significa que mirar el éxito ajeno produzca inevitablemente malestar: las respuestas varían según las personas y las circunstancias.

Lo que “debe ser lindo” no permite saber

Una expresión aislada no alcanza para determinar qué siente quien la pronuncia.

“Debe ser lindo” puede contener envidia, pero también admiración, ironía, frustración con la propia situación o un reconocimiento completamente sincero. Lo que la psicología sí permite comprender es por qué el éxito de otra persona puede convertirse rápidamente en una medida para evaluar nuestra propia vida.

Y esa comparación no siempre termina deseando que el otro pierda lo conseguido. En algunos casos, descubrir que alguien alcanzó aquello que nosotros queremos puede producir una respuesta diferente: empezar a preguntarnos qué podríamos hacer para conseguirlo también.