Mi pregunta sobre el rol de la Inteligencia Artificial respecto a una convivencia más libre, justa y próspera, es retórica, no busca una respuesta definitoria. La pregunta está motivada, irónicamente, en respuesta a la potencialidad de este avance tecnológico. Si la AI puede responder todas nuestras preguntas, al punto de reemplazarnos en la búsqueda de las respuestas, ¿por qué no habría de responder a la pregunta sobre cómo usar la AI de modo que nos beneficie más de lo que nos perjudique?
Los avances tecnológicos no suelen incluir un manual de instrucciones para interrumpir la tendencia humana a la autodestrucción. Cada nuevo artefacto, modesto o prodigioso, viene con algún veneno bajo el brazo. El ya fallecido ex presidente Nixon cita en su libro “In the Arena (1999), cómo algunos articulistas, contemporáneos del descubrimiento de la luz eléctrica o del teléfono, subestimaban estas novedades.
Antony Beevor, uno de los más destacados historiadores de la Segunda Guerra Mundial, asevera en varias entrevistas que la bomba atómica fue decisiva para ganar la guerra contra el último eslabón del Eje -Japón- y que, al acortar la conflagración, esa arma mortífera salvó vidas.
Los seres humanos estábamos totalmente preparados para autodestruirnos antes de la aparición de la bomba atómica, y mucho más lo estuvimos antes de la Inteligencia Artificial.
En 2012 publiqué en Clarín una nota contra la piratería. Se tituló A mí sí me gusta la sopa y recibió miles de respuestas en contra. Fue tendencia en Twitter. A grandes rasgos proponía que los artistas debían cobrar por sus producciones y que la ruptura ilegal e ilegítima del contrato entre usuario y artista -pagarle por sus producciones-, era algo negativo. Finalmente, la misma tecnología que había permitido la piratería a escala industrial, mitigó por medio de las plataformas la pérdida del valor de intercambio de las producciones artísticas.
Sin embargo, antes y después, el sustrato ideológico de la piratería resultó mucho más nocivo que el avance tecnológico. La idea de que no debemos intercambiar mercancías con los artistas más notables de nuestro tiempo me sigue resultando una necedad injustificable. Lo más irritante para mí de esta entelequia era cuando los propios artistas se sumaban a la chorrada: “quiero que todo el mundo acceda a mis producciones sin tener que pagar”.
Pudiera ocurrir que el implicado estuviera lo suficientemente amortizado y se dedicara a la filantropía universal, pero el efecto sobre los artistas que necesitaban producir para vivir resultó demoledor. El resto de los productos no artísticos, muy especialmente la tecnología que permitía la piratería, siguió cobrando su valor en divisas. Todavía no había aparecido la AI en el horizonte.
La conjunción de pensar que podíamos vivir sin trabajar ni estudiar -las restricciones de la Pandemia-, más el desprecio por la propiedad privada del talento -la piratería justificada por los propios artistas-, generó la tormenta perfecta para que la AI, cualquiera sea su potencial real, resulte mucho más preocupante que auspiciosa. Yo llamo a la conjunción del “Quedate en casa” y “Despreciá el valor del talento”, el “Medioevo Progresista”.
En esta instancia precisa del avance de la AI, tanto en prosa como en gráfica, relacionada con lo artístico y lo analítico, el resultado es cualitativamente inferior a la producción de artistas o articulistas humanos. En Instagram encontramos innumerables posts generados por AI “explicando” o “describiendo” películas, series, escenas, diálogos. Las explicaciones, igual que las ilustraciones generadas por AI a las que ya me referí en la primera parte de este artículo, son pueriles, sobreaclaradas, faltas de humor y completamente refractarias a la ironía o el doble sentido.
La acumulación de textos adocenados y banales es un retroceso, no un avance. Yo estoy convencido de que esta restricción de nuestras capacidades está mucho más determinada por nuestra necedad previa que por el avance tecnológico en sí.
Las peores catástrofes de los últimos dos siglos ocurrieron antes de la bomba atómica, no después. En mi opinión, el peor desprecio por nuestra capacidad laboral, creativa y por nuestras libertades, dentro del conjunto de las democracias liberales, ocurrió durante los dos años medievales de la Pandemia cuando, repito, aún no proliferaban las Casandras de la AI.
La democracia liberal contemporánea se inició azarosamente en los Estados Unidos de América en 1776. Las vicisitudes, contradicciones y vaivenes de ése, el sistema menos malo conocido por el hombre, no afectaron el respeto por la propiedad privada como uno de sus pilares. En una parábola propia de un guionista inspirado, el paradigmático viaje de Colón entregó la antorcha para que de este mismo continente partiera el cohete que llevó a la especie a la Luna. Desde entonces, el planeta se ha disputado entre las fuerzas de la opresión y las siempre imperfectas fuerzas de la libertad.
Mientras que en los totalitarismos y dictaduras los quinta columna corren riesgo de muerte, en las democracias liberales, los favorecedores de las dictaduras y totalitarismos pueden convertir su posición en un ingente ingreso de insumos y prestigio. Para los que creemos que es la creatividad, más que la violencia, la partera de la Historia, el desafío no es tanto la AI, como la intervención en el debate académico e intelectual sobre la dirección de las democracias liberales
POS
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