Este domingo se cumplen diez años de la muerte de Pocho La Pantera, el cantante que hizo bailar a varias generaciones con El hijo de Cuca o A mover el esqueleto. Solía decir que su guitarra era su chequera, porque la música le había dado la posibilidad de ganar plata y vivir tranquilo. Con el peinado a lo Elvis Presley, una forma de hablar canchera, anillos grandes en las manos, Ernesto Aníbal Gauna Fonseca llevaba una personalidad que no pasaba inadvertida. Hoy tendría 75 años.
En una de sus últimas entrevistas, Baby Etchecopar lo definió como un hombre que "no es ni boludo, ni hipócrita. Es del ambiente de esos amigos que son iguales de atrás y adelante".
Este cantante, muy querido en el ambiente tropical, tuvo una vida muy ligada a la noche. Sus primeros pasos como cantante fueron en los cabarets de Córdoba, donde se crio, cuando todavía era adolescente.
Tenía alrededor de 16 años y estudiaba en una escuela nocturna. Para poder escaparse los viernes a cantar, le decía a la directora que trabajaba como lavacopas en un bar. Era una excusa. En realidad, se subía al escenario de un local llamado Life.
A lo Elvis: Pocho la Pantera cultivó una imagen muy especial en el ambiente tropical. Foto: XalokWeb
En aquel ambiente también conoció a una mujer que lo contrató para cantar y de quien terminó enamorándose. Ella era diez años mayor que él.
La noche en que su padre lo descubrió
El secreto duró hasta que su padre, director de escuela y guitarrista aficionado, apareció una noche en el cabaret y lo encontró cantando. “Yo pensé que me mataba a trompadas, grandote como era, medio boxeador”, recordó en una entrevista con la revista Sudestada.
Sin embargo, cuando terminó de cantar, su papá lo llamó a la mesa y le preguntó qué quería tomar. Pocho pidió una Coca-Cola, aunque enseguida cambió de idea ante la respuesta de su papá: “Dale, dejate de joder”. Entonces pidió un whisky.
Pocho La Pantera, un cantante que vivía entre luces y sombras.
Su padre le dijo que lo había escuchado cantar, que tenía "pasta" y que no quería que lo desperdiciara. Le preguntó si quería estudiar música o si pensaba abrirse camino por su cuenta.
Pocho quería ser artista y convertirse en cantante. Fue entonces cuando su padre le propuso que regalara los libros y los útiles escolares y le ofreció pagarle seis meses en una pensión de Buenos Aires, ubicada en Medrano y Bartolomé Mitre. También le daría algo de plata cada tanto. Después, tendría que "rebuscársela, a aprender de la vida".
Pocho aceptó el desafío y empezó a construir su camino artístico en café concerts y escenarios donde interpretaba distintos géneros, desde el folclore y el tango hasta el rock.
Pocho La Pantera, hijo de un director de escuela y una bailarina y actriz. Foto: archivo Clarín
En 1984 publicó su primer disco, Pocho La Pantera, y comenzó a construir el personaje que lo distinguiría: jopo, patillas, camperas de cuero y una estética que recordaba a Elvis Presley.
En 1990, cuando tenía 40 años, su exíto llegó con El hijo de Cuca. La canción se convirtió en un fenómeno de las bailantas que compartio escenario con a Ricky Maravilla, Alcides, Lía Crucet, Gladys la bomba tucumana y Gilda.
Al año siguiente reforzó ese éxito con Me dicen La Pantera, mientras su estilo desfachatado y su presencia escénica lo volvían inconfundible.
Con sus sombras, los excesos y las polémicas que marcaron parte de su vida, Pocho La Pantera dejó una huella que va mucho más allá de su historia personal. A una década de su muerte, muchas de sus cancones sigue sonando en cumpleaños y reuniones familiares, donde alcanza con escuchar los primeros acordes para que más de uno salga a bailar.
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