La niña desconocida era de tez blanca, ojos cejijuntos y suavemente oscuros, trenzas, nariz respingada, boca elegante y mentón equilibrado. Decidieron los conjurados -Tomás el telépata, la niña china Lin Pía y Ragú Taburete, detective primario-, con los escasos fondos restantes, desplegar una pegatina de posters con el rostro de la niña desconocida, que abarcó la mayor cantidad de colegios.
Debajo de la foto se leía: “Aguardamos a la niña desconocida en el lugar y hora que ella decida. Prometemos discreción y solución”.
Solo restaba que, sabiéndose descubierta, la niña desconocida aceptara comunicarse.
-Ya no es desconocida -concluyó Ragú Taburete-. No tiene sentido su permanente fuga.
-Pero cómo se comunicará con nosotros -preguntó, paradójicamente, Tomás el Telépata.
-Es extremadamente inteligente y le sobran recursos -opinó Lin Pía-. Ha logrado visitar decenas de aulas porteñas sin ser descubierta hasta ahora.
La expresión de Tomás el telépata se alteró súbitamente.
-Estoy recibiendo un mensaje -dijo entre irritado e interesado-. Yo sabía que no tenía que revelar mi secreto. Ahora me volverán loco como a un teléfono ligado.
Pero Ragú Taburete lo aguardó expectante.
-Es la niña desconocida -articuló por fin Tomás-. Quiere encontrarse con nosotros. A las doce de la noche, en la punta del trampolín alto del club Caribe. Dice que vayamos solos, sin adultos, ni mucho menos autoridades. Ya dejó de comunicarse. Cortó.
Ambos niños, Lin Pía y Tomás, permanecieron perplejos e intrigados. Pero Ragú Taburete miraba al vacío reconcentrado y convencido. No en vano era el detective primario, el único de toda la población escolar argentina. Su fama secreta atravesaba los colegios y las fronteras.
-Iré yo -concluyó-. Tu padre, Lin Pía, jamás permitiría que te ausentes tan tarde. Lo mismo vale para la madre de Tomás. Los míos, en el campo, no tienen por qué enterarse. Además, me acompañará el fiel Corcován. Ese razonable matungo me llevará hasta el club Caribe.
Y agregó guiñando un ojo a ambos allegados:
-¿Y quién les dice que el mono Garronero no se sume a la parada? No hay manera de que me pase algo malo.
No obstante, tanto Lin Pía como Tomás quedaron en parte preocupados por el destino de su compañero de investigaciones; y aquella noche les costó conciliar el sueño.
Ragú Taburete llegó montado en su fiel Corcován a las calles aledañas al Club Caribe, en la localidad del Tigre, provincia de Buenos Aires. El mono Garronero acompañaba de incógnito, oculto entre las lianas y los camalotes. Eran las 23.50.
Una cadena a la altura de las rodillas separaba a los intrusos de las instalaciones del club, vigilada por un sereno desde una casilla de seguridad.
Las estrellas se esparcían vistosas por el cielo. El generoso brazo del río Reconquista los rodeaba como un abuelo invisible.
El sereno alzó la vista, atento y serio, debajo de su gorra con visera. Ragú Taburete se dejó deslizar hasta quedar debajo de la panza de Corcován y en cuanto el sereno fue averiguar de qué se trataba, el fiel matungo puso todo el empeño de sus años en saltar la cadena. Ya dentro del club, Ragú Taburete le soltó las riendas a su corcel y rodó por el pasto, hacia el sector pileta. Mientras Corcován se alejaba hacia el sector parrilla, cruzando un puente, seguido por el sereno intrigado. Podía ocurrir perfectamente, en aquellas lejanías y a aquellas horas, que a un caballo perdido se le ocurriera pastar por donde le viniera bien.
La pileta estaba llena de agua, pero ya con cierto verdín, y fría de la noche, por la falta de uso en el otoño.
Ragú Taburete subió por las elevadas escaleras del trampolín, con ropa de calle. La niña usaba un guardapolvo y tenía la mano extendida, con un papel en la punta, tomado entre dos dedos. ¿Era un gesto de paz? ¿O acaso sería una extraterrestre enemiga, o un fantasma vengativo, o cualquier otra entidad maligna? ¿Cómo saberlo a esa hora sin tiempo, al filo del vacío?
Si caían desde aquella altura, gracias a Dios había agua en la piscina. ¿Pero cómo sería el combate subfluvial, si sucedía? Ragú Taburete no estaba dispuesto a darlo. Prefería huir.
Si no podía solucionar aquel enigma con su creatividad, aceptaba la derrota.
Un rayo de luna iluminó el rostro de la niña en guardapolvos.
-No eres la niña desconocida -dijo con un hilo de voz Ragú Taburete.
-Me llamo Anita Kovadonga -se presentó tímidamente la implicada-. La niña desconocida me encargó darte esta carta.
Ragú Taburete y Anita Kovadonga bajaron del trampolín alto del club Caribe.
-La niña desconocida fue mi única amiga- explicó Anita Kovadonga, mientras se alejaban del sector pileta, hablando en susurros, esquivando al sereno.
“Por mi parquedad y timidez, nunca tuve amigas. Soy de leer y paso mucho tiempo en silencio. No juego a las figuritas, ni al elástico ni a la rayuela. Pero me gusta dibujar. Nunca le mostré a nadie mis dibujos. Pero la niña desconocida los descubrió y le encantaron. Los miró en silencio y también cantamos juntas, sin que nadie más nos escuchara. Todo esto ocurrió a lo largo del turno mañana y del turno tarde. Almorzamos juntas en el comedor escolar. Ella traía su propio almuerzo: pastel de papa. Yo almorcé los fideos de la cooperadora. Nos hicimos amigas. Pero cuando se fue, quedé desolada. Desde entonces la busqué”.
-Pero por qué no regresaste a tu casa…¿Por qué solo llamabas por teléfono?
-Sabía que si volvía con mis padres a casa, la niña desconocida se apartaría de mí para siempre. Ella no tiene casa, ni padre ni madre. La única manera de reencontrarla era compartir su destino.
-¿Y ahora?
-Pude reencontrarla, una sola vez. Me dejó esta carta para ti. No volverá. Yo sí regresaré con mis padres. Ahora sí.
El sereno todavía estaba buscando a Corcován cuando Anita Kovadonga y Ragú Taburete se deslizaron por debajo de la cadena hacia afuera del club. La madrugada era fresca, pero no hostil. Ragú Taburete llamó con el chiflido supersónico al caballo Corcován. El matungo apareció montado por el mono Garronero, como una escena improvisada de El planeta de los simios.
Ragú Taburete preguntó a Anita Kovadonga el domicilio de su casa. Sin demasiadas esperanzas, intentó trasmitírselo a Tomás, el telépata, rogando estuviera despierto. ¡Y lo estaba!
El niño telépata había permanecido insomne, a la espera de la buena ventura de su compañero de investigaciones.
Respondiendo al llamado mudo de Ragú Taburete, Tomás el telépata le informó al mono Garronero la dirección exacta de la casa paterna de Anita Kovadonga.
El mono Garronero hizo subir a Anita a Corcován, y lo llevó tomándolo de las riendas.
¡Grande fue la alegría de la familia Kovadonga cuando recibieron a su hija de regreso, con las primeras luces del sol!
Y no se interesaron en preguntar cómo es que llegaba montada a caballo, sola, con las riendas del mismo tiradas por un mono. Hay milagros por los que nadie se pregunta, solo se agradecen.
¿Dormían o aguardaban con los ojos rojos Lin Pía y Tomás cuando sentado en el bar junto al kiosko de diarios de Tucho, con un café con leche y medialunas, proporcionado por el gallego Padín, a cambio de la narración de una sus historias, Ragú Taburete leyó la secreta tregua propuesta por escrito por la niña desconocida? Es una de las pocas preguntas de esta historia que nunca nos será respondida.
“Ragú Taburete -comenzaba la misiva, sin un “estimado”, ni “apreciado”, ni “respetado”…”-.
Pero Ragú Taburete no era dado a las etiquetas.
“…soy la niña desconocida. No te hace falta saber mi nombre. Ya has capturado mi rostro. No podré regresar a los colegios sin ser descubierta. No soy mala. Pero no quiero envejecer. Tampoco morir. Perdí a mis padres a poco de nacer. Y mi abuela envejeció mientras yo crecía, hasta perder la memoria. Decidí que yo nunca envejecería. Para eso, hace falta nunca pasar de grado. Si permanecía para siempre en cuarto, también sería para siempre una niña de cuarto grado…”.
Ragú Taburete recién en esta frase descubrió que nunca se les había ocurrido preguntarse si la niña concurría siempre a un mismo grado. ¡Qué descuido! Qué vergüenza tener que enterarse así por la rival… Lo apuntó como cuenta pendiente para un próximo caso.
“…no participando nunca del ciclo lectivo completo, repitiendo una y otra vez cuarto grado, me mantengo en la misma edad, la misma cara, los mismos gestos. Nunca quise dar miedo ni molestar. Pero ahora que me has atrapado, Ragú Taburete, te propongo un pacto: no volveré a aparecer por los colegios que no me correspondan, y tú te olvidarás de mí”.
Ragú Taburete, sus allegados y la maestra Estefanía, se encargaron de circular la buena nueva entre colegas y alumnos: la niña desconocida ya no aparecería misteriosamente.
Nada malo le había ocurrido: probablemente, dejaron que se especulara, regresaría a su verdadero colegio de procedencia.
La escolaridad era obligatoria y la niña desconocida, como cualquier otra niña, debería concluirla en un establecimiento específico, con nombre y número, hasta séptimo grado incluido.
Mientras regresaba al campo montado en su fiel caballo Corcován, Ragú Taburete se dijo que, muy en el fondo de su alma, alguna noche estrellada seguramente extrañaría a la Niña Desconocida.
(Aquí termina el segundo caso de Ragú Taburete).
POS
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