Hay algo reconfortante en ver a un grupo que funciona bien y sabe relacionarse con sus estrellas. Como en el buen fútbol, cada integrante sabe cuándo entrar, cuándo esperar y cuándo tomar la iniciativa. En tiempos atravesados por la incertidumbre, asistir a algo que funciona con esa precisión tiene un efecto casi reparador: la Camerata Salzburg y María Dueñas saben jugar en equipo.

Desde la Obertura de Las bodas de Fígaro, de Mozart, la agrupación mostró una sonoridad precisa y brillante, con una atención minuciosa a los contrastes y a la articulación. La elección de la obra para abrir el programa no fue casual: en pocos minutos quedaron planteadas las reglas de juego de una noche en la que la calidad individual y el funcionamiento del conjunto tendrían el mismo peso. La Camerata marcó la cancha.

Después llegó María Dueñas, la figura convocante de la noche, para el Concierto para violín en mi menor, op. 64, de Mendelssohn. La violinista española, que se presentó por primera vez en el Teatro Colón, confirmó las razones de su creciente reconocimiento internacional. Hay en su interpretación una solvencia técnica que se nota a primera oída: afinación, limpieza, velocidad y una capacidad para resolver las dificultades del repertorio con absoluta naturalidad.

Pero, quizás, lo más interesante estuvo en la relación con la orquesta. El concierto de Mendelssohn exige una escucha particularmente atenta entre el solista y el conjunto. Sus imitaciones, respuestas y diálogos hacen que el violín no pueda pensarse como una voz aislada que se impone. Dueñas y la Camerata encontraron allí un punto de encuentro especialmente logrado. La solista pudo desplegar su virtuosismo sin romper nunca la trama musical.

Gran debut para la joven violinista española: fue la primera vez de María Dueñas en el Teatro Colón. Foto Liliana Morsia

Hay, sí, una elección interpretativa que puede generar cierta distancia: el uso de un vibrato amplio, presente de manera casi permanente. Es una cuestión de gusto más que de ejecución. Y la que puede, puede: en Dueñas, ese recurso forma parte de un discurso musical coherente y reconocible. Para cerrar su presencia en el escenario antes de la segunda parte, ofreció fuera de programa La Valse triste, de Franz von Vecsey, en un momento íntimo.

Para la segunda parte quedó Beethoven y su Sinfonía n.º 2 en re mayor, op. 36. A las puertas del bicentenario de su muerte, que se conmemorará en 2027, su música volvió a mostrar hasta qué punto la novedad puede convivir con una arquitectura rigurosa. La Camerata encontró en esta obra otra de las claves de la noche: el juego. Beethoven construye buena parte de su discurso a partir de su propio humor, con contrastes dinámicos, desplazamientos, silencios y desarrollos que retoman los temas para presentarlos bajo una nueva perspectiva.

Precisa comunión entre la Camerata y la violinista, en la que nada dependió del azar. Y el público lo supo valorar.

La interpretación destacó ese carácter lúdico sin perder precisión ni profundidad. La música avanzó con energía, pero también con una evidente conciencia de sus mecanismos internos. Fuera de programa, la Polca Éljen a Magyar, op. 332, de Johann Strauss hijo, prolongó el clima festivo y virtuoso de la noche y cerró el arco de tradiciones austríacas que había abierto Mozart.

Quizás ahí estuvo la verdadera virtud de la noche: en que nada pareció depender del azar. No porque faltara libertad, sino porque cada libertad encontraba su lugar dentro de un conjunto. Dueñas pudo desplegar toda su personalidad sin dejar de escuchar a la orquesta; la Camerata pudo exhibir su precisión sin convertirla en rigidez. Como en un buen equipo. Y, por unas horas, en el Teatro Colón, esa posibilidad de escucharse, responderse y construir algo común sonó especialmente bien.

Ficha

Calificación: Muy bueno

María Dueñas, violín Camerata Salzburg Gregory Ahss, dirección Mozarteum Argentino, 74.ª temporada Teatro Colón 5 de octubre de 2026, a las 20 Programa: Mozart, Mendelssohn y Beethoven. Fuera de programa: Franz von Vecsey y Johann Strauss II.