¿Es posible hacer pogo en un show de baladas románticas de Cayanne? ¿Reemplazar las vinchitas en la frente por camperas de cuero con tachas, gafas de sol y delineado negro? ¿Cantar a los gritos una canción de Luis Miguel mientras alguien salta a caballito? ¿Juntar a cinco músicos de estética rockera, subirlos en un escenario y hacerlos cantar Cristian Castro, Ricky Martin, Sin Bandera y hasta Floricienta?
Sí. Todo eso pasa en los shows de Nuestro Romance, la banda que tomó las baladas románticas de los '90 y los 2000, las pasó por una licuadora de rock, humor y fiesta y convirtió lo que durante años fue considerado un “placer culposo” en una experiencia que, según ellos mismos, se puede contar, pero difícilmente se pueda entender del todo hasta vivirla.
El quinteto está compuesto por Juan "León" Amón, en voz; Luciano Scattini, más conocido como "Lulo", en guitarra y voz; Rodrigo Sily, "El Beibi", en batería; Pol Piriz, en teclados; y Gonzalo "Neitor" Collado, en bajo.
Llegan en dos tandas para charlar con Clarín, todos vestidos de negro y, fieles a la estética rockera, visten camperas de cuero negras al igual que los pantalones, gafas de sol y una actitud que no pasa inadvertida. Son cinco rockstars.
En la previa de la entrevista, los también amigos se distienden jugando al básquet en la cancha del estadio Obras, el mismo lugar que el 21 de noviembre volverá a transformarse, por tercera vez, en escenario para la banda y para 5000 personas que están invitados a cantar clásicos románticos a todo pulmón.
Para ellos no es un lugar más porque allí también tocaron Ramones, Iron Maiden, Ozzy Osbourne, Soda Stereo y Los Redondos, una especie de templo de rock. “Para nosotros venir a tocar acá es como una medalla que nos colgamos”, define Juan orgulloso.
Entre ellos se conocen demasiado. Cuando el fotógrafo necesita una escalera para una de las fotos para esta nota, Lulo se acerca y se la alcanza a Neitor porque sabe que Juan no sube ni ahí, le tiene miedo a las alturas. Se cargan, se interrumpen, se ríen de ellos mismos y se dicen las cosas en la cara. La charla se arma en una ronda improvisada en medio de la misma cancha donde minutos antes estaban tratando embocar la pelota en el aro.
Placer culposo. Así definen lo que hacen Juan Amón, Luciano Scattini, Rodrigo Sily, Pol Piriz y Gonzalo "Neitor" Collado, los cinco integrantes de la banda Nuestro Romance. Foto: Ariel Grinberg
Y entre bromas aparece una definición que vuelve varias veces: Nuestro Romance no es solamente una banda de covers. Es una experiencia en la que "el factor sorpresa es algo al que público ya está acostumbrado".
“No es como un recital de cualquier otra banda”, explica Neitor. “Es siempre como una especie de obra de teatro, una ópera rock, una jodita electrónica, un cumpleaños, un casamiento. Una mezcla de todo eso junto”.
Por eso dicen que cada show tiene que ser diferente. Aunque las canciones puedan repetirse, cambian el repertorio, los momentos y las situaciones. “Los que vinieron a las dos Obras saben que el tercero también va a ser muy distinto y van a pasar cosas nuevas que no se van a volver a repetir en otro show”, asegura el bajista.
De un “cumpleañitos” al Estadio Obras: la historia de Nuevo Romance
Nuestro romance interpreta baladas románticas en versión rock y ofrecen una experiencia explosiva en cada uno de sus shows. Foto: Ariel Grinberg
Juan Amón, fundador del quinteto, es tatuador y dejó su marca en la piel de figuras como Lali, Tini, Chano y Migue Granados, entre muchos otros. Pero antes de pensar en llenar estadios, su idea era armar un show para unos pocos amigos y cantar las canciones románticas que le gustaban. Nada demasiado ambicioso.
Incluso tenía el nombre antes que los músicos. Juan miró los discos de Luis Miguel, pensó en Romance (1991), Segundo Romance (1994), y encontró en Nuestro Romance una denominación que "abarca al público y a la banda, dos elementos fundamentales para que la magia exista", explica.
El primer show reunió a unas 80 personas. Lo que podía haber sido una reunión entre amigos terminó con "destrozos, gente en cuero, volaron sillas, volaron cosas", por lo que dijo internamente "acá pasa algo”, recuerda Pol entre risas. “Una chispa se prendió ahí y dijimos: ‘Vamos a meterle con toda’”. Se trata de una euforia que se genera y que muchas veces termina con el vocalista cantando en cuero.
Justamente porque no era un proyecto ambicioso y no había plata para pagarles, Juan encontró una forma bastante particular de resolverlo: les regaló a cada uno una sesión de tatuajes como forma de pago.
Después hubo recompensa. Vinieron 300 personas, 500, 1.500 y, finalmente, decenas de miles. Lo llamativo es que durante buena parte de ese crecimiento no tuvieron una estrategia digital detrás. La convocatoria apareció por boca en boca.
“En el 90% de los casos es imposible que pase, que no tengas un show y tengas que estar pidiendo a tus amigos, a tus familiares, o amenazar a tus primos para que vengan”, compara el líder de la banda. A ellos, cuentan, les pasó que en el tercer concierto ya habían empezado a convocar personas que iban por decisión propia.
El primer Obras llegó con unos 5.000 seguidores en redes. “Hay gente que tiene millones de seguidores y no puede hacer tocar una en lugares más chicos. Eso es una locura”, remarca el bajista.
“Todo eso se sostiene porque hubo una magia, una conexión, una energía desde el primer show y entre nosotros siempre estuvo el disfrute, a pesar de que ahora sea nuestro trabajo”, agrega.
Lo que ellos mismos definen como “la jodita” terminó creciendo mucho más de lo que imaginaban: los llevó de gira por todo el país y Europa. Además, los cruzó en el escenario con artistas como Ángela Torres, Nicolás Mattioli, Mambrú y Tuli Acosta, entre muchos otros.
Cinco historias que terminaron en el mismo escenario
La formación no nació de una selección pensada. Algunos llegaron de rebote. Otros ya se conocían. Uno de los músicos previstos nunca respondió y, sin darse cuenta, dejó el lugar que terminaría ocupando otro. “Había un plan A y todos éramos medio de un plan B”, explican entre carcajadas.
Pol llevaba alrededor de diez años intentando vivir de la música cuando decidió “colgar los guantes”, en medio de algo parecido a "la crisis de los 30". Había compartido giras con otros proyectos y conocía a Lulo tras compartir salas de ensayo. Fue él quien le acercó la propuesta de sumarse a Nuestro Romance, un proyecto que en ese momento presentó como “no muy serio”. Aceptó.
Juan Amón es el fundador y vocalista de Nuestro Romance. Antes era tauador de famosos. Foto: Ariel Grinberg
Neitor antes de tocar el bajo en el grupo, era un metalúrgico que trabajaba ocho horas, había estudiado en una escuela técnica y cursaba Ingeniería Industrial. Tocaba el bajo desde los 12 años y una experiencia en un estudio de grabación le cambió el rumbo. Dejó la carrera, estudió producción musical y llegó a formarse en tres universidades. Durante años siguió trabajando en la metalúrgica mientras producía discos y tocaba con bandas. Hasta que llegó la pandemia.
“Ahí dije: nos vamos a morir todos, largo todo, me dedico solo a la música, me cago de hambre un tiempo y justo apareció Nuestro Romance por propuesta de Juan”, cuenta.
Gonzalo "Neitor" Collado toca el bajo en la banda Nuestro romance. Foto: Ariel Grinberg
Luciano, en cambio, es hijo de dos médicos y desde muy chico estuvo familiarizado con los quirófanos. Incluso estudió Medicina, llegó a ejercerla, y durante años repartió su tiempo entre la profesión y su otra gran pasión: la música, que lo acompaña desde los 12 años, cuando se animó a cantar por primera vez una canción de Mambrú. La llegada al grupo, también por invitación de Juan, terminó de patear el tablero y volvió a poner la música en el centro de su vida.
Rodri es la tercera generación de una empresa familiar dedicada a la imprenta y, antes de sumarse a Nuestro Romance, había intentado abrirse camino con distintas bandas que formó junto a amigos. Los proyectos no llegaron a crecer como esperaba, hasta que conoció a los chicos de la banda en un ensayo.
Para Juan, la música había quedado casi como un sueño abandonado. “Yo ya había sido muy exitoso como tatuador, un millón de veces más de lo que me imaginaba”, cuenta. Hasta que una internación por Covid lo hizo replantearse qué quería hacer. “Dije: ‘Bueno, salgo de acá y armo la banda’”.
Luciano Scattini, más conocido como "Lulo", está al frente de la guitarra y la voz en Nuestro romance. Foto: Ariel Grinberg
Hoy, los cinco viven del grupo, después de haber dejado atrás sus trabajos para apostar de lleno por la música. Pero todavía se comportan como amigos que se juntaron a tocar. Se ven prácticamente todos los días, hablan por WhatsApp, hacen videollamadas, debaten y hacen votación por absolutamente todo. Son frontales y reconocen que a veces no cuidan demasiado las formas.
“Es mejor decirnos las cosas en la cara, de mala manera, que no decirlo y que quede ahí adentro y después termine explotando”, explica Juan, mientras que Lulo define el vínculo a algo muy parecido" a tener cuatro novias por lo complicado y lindo que es a la vez".
La banda que todavía apuesta todo
Rodrigo Sily, "El Beibi", es el baterista de Nuestro Romance, antes hacía la percusión. Foto: Ariel Grinberg
El crecimiento también tuvo su costo. Durante los primeros dos años, los cinco pusieron prácticamente todo en el proyecto. Mejor sonido, mejores visuales, iluminación, vestuario. Llegaron a agotar dos Nicetos y terminar sin plata para repartir. En lugar de achicar, siguieron apostando.
Incluso cuentan que durante un tiempo llegaron a comprar ellos mismos los premios que sorteaban en los shows. Al principio, fue una bicicleta playera usada que arregló el papá de Neitor. Una noche regalaron un televisor y alguien lo pasó por el público. El video se viralizó y fue uno de los primeros grandes saltos de exposición de la banda. Hasta llegaron a sortear un auto.
Juan también quiso premiar a su público con una casa prefabricada, pero su idea perdió por votación. Una idea que queda pendiente para "un futuro Movistar Arena", promete.
Pol Piriz es el tecladista de Nuestro Romance. Ariel Grinberg
Hoy los premios llegan de la mano de marcas, pero la lógica sigue siendo sumar algo inesperado a una noche que ya es impredecible.
Para ellos, incluso un estadio puede ser una inversión antes que un negocio. “Nosotros queremos que la plata se la lleve la gente en la experiencia”, explican. “Queremos que la gente la pase bien”.
¿Qué hacen cinco rockeros cantando Chayanne?
¿Y por qué no?, cuestiona Neitor tajante.
Nuestro Romance lleva cinco años de carrera. Al principio fue un proyecto, condiderado por ellos mismos, "poco serio". Ahora cantan hasta en Europa. Foto: Ariel Grinberg
Los cinco son rockeros y la banda es de rock. Algunos vienen directamente del metal. Lulo cuenta que, cuando empezó el proyecto, sus amigos escuchaban heavy metal y tenían dificultades para imaginarlo cantando Luis Miguel o Cristian Castro. “¿Qué me espero de esto?”, era la reacción.
Por su parte, Juan sostiene que "hay dos tipos de personas: las que les gusta la música romántica y las que no lo admiten”. Para él, el problema nunca fueron las canciones. El problema fue la vergüenza de reconocer que gustan.
“Hay que romper el miedo al ridículo”, aconseja el intérprete. Porque muchas personas escuchan esas canciones, se las saben completas y hasta las cantan en la ducha, pero no necesariamente se animan a reconocerlo delante de otros.
El público puede cantar Chayanne como si estuviera cantando un himno de rock. Puede poguear con Cristian Castro. Puede abrazarse durante una balada y, segundos después, saltar.
Los shows de Nuestro Romance invita a romper prejuicios. Foto: Ariel Grinberg
La estética de Nuestro Romance juega justamente con esa contradicción. . “Creo que el contraste de nuestros looks le da un plus a la banda”, dice Juan que su estilo sobre el escenario se destaca por sus tapados de piel.
“No lo inventamos nosotros”, explican. “Evidentemente, a esa gente le gustaba”. Por eso tampoco creen que el fenómeno sea solamente una cuestión de nostalgia. Hay algo de liberación en esa experiencia rn la que se puede disfrutar públicamente de algo que durante años se escondió.
Y funciona también con el público. Hay más mujeres que hombres, reconocen, pero cada vez llegan más grupos de amigos varones. Algunos van con sus novias, otros con amigos, otros incluso con la intención de conocer gente, como un tinder presencial.
De la balada al pogo
Musicalmente, el secreto está en que las canciones no llegan al escenario tal como fueron grabadas. Las transforman. “Tenemos una mesa de una distorsión metalera, con el doble de tempo”, explica Neitor, que también es el productor musical de la banda. Las canciones se aceleran, se mezclan, se encadenan y terminan convertidas en las que la gente canta a todo lo que da.
“Solamente usamos la tela de los temazos y los convertimos en una construcción completamente distinta”, agrega detalladamente..
Nuestro Romance se presentará en el estadio Obras el próximo 21 de noviembre. Foto: Ariel Grinberg
Por eso, Torero, de Chayanne, puede convertirse en un pogo. Por eso, una canción que originalmente fue pensada para escuchar sentado puede terminar con alguien arriba de los hombros de otro, y otras cosas más. El público ya sabe que eso puede pasar. Pero no sabe qué va a pasar.
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