Allá por 1996 irrumpió en las consolas PlayStation el videojuego de zombis Resident Evil, que no tardó en llegar al cine de la mano del director Paul W.S. Anderson y la actriz Milla Jovovich. Tres décadas después se estrena Resident Evil: noche cero, octava película de la franquicia y el segundo reinicio con regreso a foja cero de una de las sagas menos inspiradas y más taquilleras del cine de terror, que además cuenta con otras seis películas animadas y ocho episodios de una serie de TV.

Zach Cregger, director de las atractivas y exitosas Bárbaro y La hora de la desaparición, decide alejarse por completo de las películas y videojuegos de la franquicia, como si el mismo cineasta fuera perseguido por los zombis de Resident Evil. Cregger arranca desentendiéndose de los héroes tradicionales de la franquicia: Alice y Leon brillan por su ausencia y este Bryan (Austin Abrams), protagonista excluyente de la nueva entrega, dista de ser un agente secreto del gobierno o un osado policía de carrera, sino que trabaja como repartidor precarizado, empleo emblemático en los tiempos que corren para un antihéroe obligado a enfrentarse con zombis.

El servicio de mensajería que provee Bryan está relacionado con el sistema de salud. Ya de entrada, antes de que el repartidor consiga que en el sanatorio le firmen el recibo por un órgano entregado para una operación, le asignan la misión de trasladar un misterioso paquete al remoto Hospital General de Raccoon City.

“Esto no es una entrega de pizza, viejo”, se escucha en la película en más de una oportunidad, para reforzar el vínculo con los repartidores de aplicaciones, y así es que Bryan emprenderá su camino del héroe como una especie de Frodo que debe hacer llegar el anillo a Mordor. Eso sí, Cregger consigue que el recorrido de su repartidor callejero apenas supere los 90 minutos a diferencia de las nueve horas y pico que tardó Peter Jackson en llevar a buen puerto la trilogía de El señor de los anillos.

Austin Abrams entre las luces, sombras y oscuridades de "Resident Evil: noche cero". (Sony Pictures via AP)

Durante esta hora y media el protagonista deberá atravesar los peligros de diversos escenarios como si fueran niveles de un videojuego. Primero habrá una ruta cubierta de hielo, luego un bosque nevado, una casa en el medio de la nada, un oscuro túnel que atraviesa una montaña, una ciudad apocalíptica y, por fin, el edificio del hospital. Las alusiones al videojuego son pocas, y eso que el cineasta posa de entrada la cámara sobre el hombro de Bryan en el llamativo plano secuencia por los pasillos de un hospital que abre la película.

Cregger no se casa con ese punto de vista en tercera persona y aquí incluso hay algún guiño a la perspectiva en primera persona de los videojuegos de acción. Todas las referencias de la película a la sensación de jugabilidad son breves y al pasar. Desde la autoconciencia en la escasez de recursos, al intercambiar armas o contar las municiones restantes, hasta el protagonismo exclusivo de un único personaje principal, con el resto de las personas entrando y saliendo enseguida del relato.

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Trailer de "Resident Evil: Noche cero".

Bryan es el habitual tipo común y corriente en una situación extraordinaria. El protagonista tal vez sea un poco más torpe y simpático que la persona promedio y también se diferencia por su sorprendente tendencia a maldecir a cada paso. El repartidor siente la obligación moral de cumplir con su misión en esta una única noche en que transcurre toda la película y en su largo camino enfrentará a todo tipo de peligros, empezando por la policía y terminando en los Nyx, vistosos monstruos con tentáculos internos que absorben los cadáveres de sus víctimas para aumentar en tamaño y fuerza, que parecen salidos de la reciente Backrooms.

La mejor decisión de Cregger como director de esta entrega aparece en el uso del humor. Resident Evil: Noche Cero es una comedia hecha y derecha, que le escapa a la solemnidad omnipresente en el resto de las películas de la franquicia para acercarse al jolgorio de Sam Raimi en Noche alucinante. Bryan aprovecha rasgos de la personalidad de aquel irresistible Ash que Bruce Campbell interpretó en esa saga Evil Dead. De allí provienen también el gore y el body horror de esta versión, puestos más en función de sorprender y divertir que de asquear al espectador. Otro gran acierto de Cregger como cineasta es huir de los efectos digitales para sus baños de sangre, mucho más vistosos de lo que hoy acostumbra el cine de terror.

Austin Abrams, Andrea Miltnerova y Johnno Wilson, en personajes centrales de esta octava película de la franquicia (Sony Pictures via AP)

Tal vez en los intentos de profundizar en la humanidad de Bryan, que incluye los vaivenes fuera de campo con una novia embarazada, aparezcan los puntos más flojos de esta nueva Resident Evil. El habitual conflicto de Cregger entre lo personal y lo colectivo, que ya aparecía en Bárbaro con un aviso sobre la gentrificación y con un mensaje sobre el duelo en La hora de la desaparición, parece interpelar aquí al repartidor de aplicaciones con el “nadie se salva solo” de El Eternauta.

La nueva película del director es al mismo tiempo la menos interesante de su filmografía, más allá de que el cineasta mantenga su habitual precisión en el timing para maravillar en cada susto, y la más atractiva de la saga inspirada en el videojuego de zombis.

Ficha

Calificación: Muy buena

Comedia/Terror. Estados Unidos, 2026. 90’. De Zach Cregger. Con Austin Abrams, Zach Cherry, Kali Reis y Paul Walter Hauser Salas: Cinemark Abasto, Cinépolis Recoleta, Showcase Belgrano, Multiplex Lavalle, Cinema Devoto