Sir András Schiff brindó un concierto apoteósico en el Teatro Colón para la 74.ª temporada del Mozarteum Argentino. Descomunal no sólo por su duración -casi tres horas y media, con un intervalo-, sino por la entrega, la concentración y, sobre todo, por la conexión con la música y la audiencia. El recorrido incluyó obras de Bach, Mozart, Haydn, Beethoven, Schubert, Chopin, Schumann y Bártok.
Hacer justicia a semejante experiencia dentro de los límites de una crítica tradicional es difícil. Pero hay que intentarlo.
Desde hace algunos años, András Schiff decidió romper con el protocolo de anunciar de antemano el programa. Prefiere tomar el micrófono, mirar al público y decidir allí qué obra dialoga con cuál. Como contó recientemente a Clarín, este procedimiento lo hace sentirse más libre. Pero libertad no significa azar: detrás de esa aparente improvisación hay una arquitectura rigurosa. Las piezas están conectadas musical, tonal, históricamente y, en muchos casos, espiritualmente.
Así ocurrió desde el comienzo. Después de tocar el Aria de las Variaciones Goldberg, Schiff tomó el micrófono. “Es un gran honor y un placer para mí estar en Buenos Aires, en este teatro -uno de los más bellos del mundo- y tocar por primera vez para el ciclo Mozarteum”, dijo.
La elección de Bach -“el compositor más grande que jamás haya existido”- parecía una declaración de principios. Schiff suele contar que empieza sus días tocando Bach, casi como una meditación. También en el escenario, Bach apareció como una suerte de ritual de apertura. Schiff, de vestimenta austera, salió con las manos entrelazadas, el gesto concentrado y una economía de movimientos que excluía cualquier forma de exhibicionismo.
“En la primera parte exploraremos la relación entre Bach y Mozart”, explicó. “Mozart es un regalo del cielo para la humanidad”. Y agregó, con su refinado humor, que un amigo suyo solía decir que los seres humanos no merecíamos a Mozart.
A pesar de sus años y su experiencia, Sir András Schiff se mostró emocionado por tocar en el Colón. Foto Liliana Morsia para Mozarteum Argentino
Un recorrido por música excelsa
El recorrido comenzó con el Capriccio sopra la lontananza del suo fratello dilettissimo, una obra temprana y excepcional de Bach. En seis movimientos construye una pequeña dramaturgia sobre la partida de su hermano Johann Jacob: súplica, respuesta, preparativos, postillón y partida. Schiff evitó convertirla en una sucesión de estampas pintorescas. Hizo prevalecer la retórica y el contrapunto: cada episodio parecía surgir del anterior, como si la narración estuviera contenida en la propia materia musical.
El Capriccio... está en Si bemol mayor, tonalidad que en la tradición barroca podía asociarse con cierta nobleza y calidez, también con un poco de solemnidad. En Schiff adquirió un carácter íntimo, sin sentimentalismo. La emoción estaba en el modo en que las voces se escuchaban, se respondían y finalmente se separaban.
Después llegó la Sonata en Si bemol mayor K. 570 de Mozart. El vínculo tonal -resaltado por Schiff-- permitió escuchar otra concepción del mismo universo sonoro. Donde Bach construye una narración afectiva, Mozart construye un espacio. El pianista húngaro hizo especialmente audible esa diferencia mediante una articulación transparente, planos diferenciados y un fraseo cantabile. En el Adagio, el tiempo pareció ensancharse: una intimidad casi vocal, sostenida por una extraordinaria economía expresiva.
La idea de “profundidad” musical de Éric Rohmer resulta aquí productiva: no como volumen ni densidad sonora, sino como construcción de un espacio interior tridimensional. Schiff parece confiar en esa posibilidad. Se retira detrás de la música. No lleva al oyente de las narices: lo acompaña. Deja que Bach y Mozart construyan delante de nosotros su propia arquitectura.
La Suite francesa nº 5 continuó el recorrido. Schiff presentó el origen de sus danzas -Allemande, alemán; Courante, italiano; Sarabande, español; Gavotte, francés y Gigue, británico- como una pequeña geografía musical europea y, con su humor característico, remató: “Así es Europa unida. Sin problemas. Sin Brexit”. Cada danza tuvo su propio carácter, pero nunca perdió la unidad del conjunto. La Gigue, particularmente vivaz, mostró el costado corporal y rítmico de Bach.
El hombre del piano. Sir András Schiff dio un concierto que parecía que no debía terminar nunca. Foto Liliana Morsia para Mozarteum Argentino
A continuación, apareció la pequeña Gigue K. 574 de Mozart, compuesta en Leipzig en 1789 durante su visita a la ciudad y su encuentro con la música de Bach. El parentesco fue inmediato, pero también la diferencia: Mozart absorbe la escritura contrapuntística bachiana y la transforma en otra respiración, otra concepción del movimiento.
El Ricercar a 3 de La ofrenda musical condujo luego a la Fantasía en Do menor K. 475 de Mozart. Schiff recordó el encuentro de Bach con Federico el Grande y el célebre “tema real” propuesto por el monarca.
“Era un músico muy competente y mantenía correspondencia con Voltaire y otras grandes mentes de la época. El rey le propuso a Bach el tema principal de la obra. Es un tema magnífico; ojalá viéramos algo así en un político actual”. La anécdota se convirtió en una lección de historia musical: Bach transforma el “tema real” en una arquitectura contrapuntística extraordinaria; Mozart incorpora ese mismo tema, con ligeras variaciones, a un lenguaje de mayor tensión dramática. Schiff ilustró al piano cómo aparece el tema en cada obra. La relación entre Bach y Mozart dejó de ser una cuestión de influencia para convertirse en una conversación a través del tiempo.
La primera parte terminó con el Concierto italiano de Bach. Allí Schiff dejó aparecer otra faceta: una energía rítmica extraordinaria, casi un swing barroco. La transparencia nunca cedió, hubo impulso, flexibilidad y una vitalidad que recordaba que Bach también puede ser profundamente corporal.
Un camino hacia Beethoven
La segunda parte desplazó el eje hacia Haydn y Beethoven. Las Andante con variazioni en Fa menor, de Haydn, fueron abordadas sin rastro de mero divertimento. Schiff hizo escuchar cómo cada variación modifica delicadamente el carácter del material hasta llegar a un final suspendido. En ese espacio casi interrogativo que dejó Haydn continuó Beethoven: la Sonata op. 111. En la interpretación de Schiff, la ausencia de un tercer movimiento dejó de ser una curiosidad formal y se convirtió en una pregunta: ¿qué significa terminar una sonata de esta manera?
Sir András Schiff, en la soledad del escenario del Teatro Colón. Dio un concierto magnífico. Foto Liliana Morsia para Mozarteum Argentino
Theodor Adorno había interpretado el estilo tardío de Beethoven como una ruptura con la idea clásica de reconciliación. Thomas Mann trasladó esa idea a Doktor Faustus, en el célebre pasaje sobre la ausencia del tercer movimiento de la Op. 111. Schiff no explicó esas ideas desde el piano: las hizo audibles.
En la Arietta, las variaciones, los silencios, los cambios de registro y los trinos fueron construyendo otra relación con el tiempo. La música parecía desprenderse progresivamente de la necesidad de avanzar hacia alguna parte. No como la obra de un compositor agotado, sino como una toma de posición radical frente a la historia de la forma.
Los bises prolongaron generosamente la velada: Schubert -Impromptu op. 90 n.° 4 y el D. 899 n.°2---, Vals en la menor, op. 34 n.° 2 de Chopin, el Allegro de la Sonata n.° 16 de Mozart, Danza del porquerizo del primer libro Pour les enfants, de Béla Bartók y El campesino alegre que regresa del trabajo del Álbum para la juventud de Schumann.
Daba la sensación de que el concierto podría continuar indefinidamente, hasta que finalmente se encendieron las luces. Después de casi tres horas y media, Schiff terminaba allí, lejos de cualquier efecto de clausura monumental, con una canción infantil. Y quedó flotando esa impresión extraña: que quizá la verdadera profundidad de un intérprete no consiste en hacer que la música parezca más grande, sino en saber cuándo devolverla a su sencillez y a una escucha ingenua.
Hay muchos pianistas que tocan extraordinariamente bien. Son pocos, en cambio, los artistas íntegros, con una concepción de la música y de la vida inseparables. Schiff pertenece a esa rara categoría. Su grandeza no está solamente en lo que hace con las notas, sino en su capacidad para desaparecer detrás de ellas. Como si tocar fuera, finalmente, una forma de escuchar. Si un buen escritor es, antes que nada, un buen lector, un gran intérprete es, quizá, aquel que sabe escuchar: escuchar la música, sus silencios, sus pliegues y todo aquello que las notas, por sí solas, no alcanzan a revelar.
Ficha
74°Temporada Mozarteum Argentino
Calificación: Excelente
Intérprete: Sir András Schiff, piano Función: lunes 14 de septiembre Lugar: Teatro Colón (Libertad 621, CABA).
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