FUERA DE JUEGO

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Hizo Inferiores en Tigre, perdió la visión y la audición por una enfermedad y se reinventó gracias al braille

Olé conversó con Rubén Pardo, quien aprendió el sistema de lectura y escritura táctil diseñado para no videntes y hoy confecciona menús accesibles para usar en los restaurantes.

    El destino le propuso un partido chivo, pero se animó a disputarlo. Rubén Pardo se formó en Tigre y durante gran parte de su existencia se dedicó al deporte, pero una enfermedad le quitó la visión y la audición antes de cumplir 50. Lejos de rendirse, aprendió el sistema de lectura y escritura táctil que fue diseñado para personas no videntes. Hoy, con la ayuda de un guía, confecciona menús accesibles para que los restaurantes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires puedan utilizarlos. " La vida no se termina por la discapacidad", reconoce a corazón abierto en diálogo con Olé.

    -¿Cómo y cuándo arrancaste a jugar en Tigre?

    -Empecé a los 11 en la escuelita de fútbol, en la Undécima División. Yo iba al colegio con un arquero de las Inferiores. Me fui a probar y quedé enseguida. Fui de 7. Y ahí seguí para adelante hasta llegar a la Quinta. Después dejé de jugar. Cuando volví con un año sin entrenarme ni nada, me dio vergüenza, me la pasé cayéndome. Me dijeron que no servía y lo entendí. Tenía 17 años. Jugué contra Chacarita, Ferro... pero siempre en las Inferiores. En ese momento el club era un militante de la Primera B. Iba a todos lados, me encantaba el fútbol.

    De izquierda a derecha, Rubén es el cuarto futbolista en la fila de abajo.

    -¿A qué te dedicaste cuando dejaste las Inferiores?

    -Empecé a meterme en el tema de la publicidad y el marketing, también tuve una inmobiliaria. Igualmente nunca dejé el fútbol. De hecho, estuve en el equipo de veteranos de la escuela de mi hijo. Jugaba en un grupo para mayores de 45 años los sábados y en otro para mayores de 32 los domingos, pero a los 49 me agarró todo esto...

    El carnet de socio de Tigre de Rubén Pardo. Locación: Open Gallo.

    -¿Qué fue lo que te pasó?

    -No hice nada malo, simplemente me contagié una enfermedad. Paulatinamente, en seis o siete meses, fui perdiendo la visión y la audición. No pude volver a jugar. Hoy sé que si me hubiese dedicado a mi familia, estaría espectacular.

    -¿Cómo transitaste ese camino? ¿Dónde conociste a tu guía?

    -Fue complejo, pero aprendí braille y empecé a dar clases gratuitas en una escuela. En ese lugar tuve una primera profesora de orientación y movilidad. Ahí me lo presentaron a Ezequiel, que hoy me acompaña en todo.

    Rubén Pardo con Ezequiel, su guía, en Open Gallo.

    -¿En qué momento surgió la idea de hacer menús en braille?

    -Cuando empecé a necesitar ayuda de otros para comunicarme noté que ciertos espacios no contaban con la inclusión necesaria. Pensé que podía aportar mi granito de arena porque sé lo que se siente. Quería que las personas con discapacidad pudieran, por ejemplo, elegir su propia comida sin que un otro tuviera que hacerlo por ellos. Aunque en la Ciudad de Buenos Aires nos ampara la Ley 66°, muchos lugares no la cumplen.

    -¿Cómo los confeccionan y se organizan para ofrecerlos?

    -A través de una máquina que optimiza el proceso de impresión y nos permite reducir considerablemente los tiempos de producción. Nosotros simplemente nos encargamos de transcribir el contenido del menú. Hace algunos años todo era completamente manual: teníamos que escribir punto por punto para cada caracter en braille. Hoy visitamos un restaurante a la vez para presentar nuestra propuesta y acercar esta herramienta de accesibilidad a la gastronomía.

    -¿Qué le dirías a alguien que atraviesa tu misma situación?

    -Que no decaiga. No se termina la vida con la discapacidad. Hay muchas cosas para salir adelante. No hay que bajar los brazos y darle con todo para enfrentar ese destino que resulta doloroso. Es sólo al principio, después se puede torcer.