SUPERCOPA INTERNACIONAL

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Rosario Central campeón: de la locura total en el Monumento a la Bandera a "el que no salta es un inglés"

La nueva consagración Auriazul desbordó bulevar Avellaneda y copó avenida Pellegrini con caravanas y bengalas hasta la madrugada para celebrar una copa más y recordar a referentes de Estudiantes...

Video: @nicolaroccanarvaez | @gonzalosuli | @nicolasmontala - enviados Olé

    ¿Se puede festejar una Supercopa Internacional, un partido de 90 y pico de minutos, durante toda una noche? Sí, se puede. Claro que se puede... Rosario Central se consagró campeón del novel torneo tras vencer por 2-1 a Estudiantes de La Plata en Santiago del Estero, desatando una fiesta monumental que transformó la geografía rosarina en una marea azul y amarilla.

    El doblete de Ángel Di María en el Madre de Ciudades no solo sumó otra estrella oficial a las vitrinas de Arroyito, sino que funcionó como el detonante para que miles de canallas tomaran por asalto los puntos más emblemáticos de su pertenencia urbana. Mientras se cerraba el Fan Fest de los Juegos Suramericanos, los Canallas ocuparon el espacio, el Monumento a la Bandera, sin tropiezos.

    La vibración del pitazo final de Darío Herrera se sintió de inmediato en el norte rosarino. Las inmediaciones del Gigante de Arroyito mutaron en un epicentro de bombos y pirotecnia que alteró el pulso habitual del barrio. El flujo vehicular sobre el bulevar Avellaneda quedó completamente desbordado por caravanas de autos, motos a puro bocinazo y familias enteras que caminaban hacia el estadio portando camisetas de todas las épocas —desde las históricas de la década del 70 hasta los modelos más recientes—.

    A pocas cuadras de allí, la histórica Sede Fundacional de la avenida Alberdi congregó a la multitud que buscaba ampararse en las raíces mismas del club. Bajo las luces de la avenida, los hinchas colgaron banderas de los parantes de las paradas de colectivos y transformaron el pavimento en una pista de baile improvisada. El humo de las bengalas tiñó el aire de un color ocre y espeso, mientras el olor a choripán dominaba las esquinas, atrayendo a los rezagados que se sumaban a los cantitos populares. Fue allí donde un grito unánime y filoso se apoderó de la noche: el clásico "el que no salta es un inglés" retumbó con una fuerza particular, funcionando como una dedicatoria directa hacia la conducción del conjunto platense tras las tensiones vividas en el campo de juego santiagueño.

    La marea Auriazul no se quedó estancada en el norte. Las columnas de festejo bajaron con fuerza por la avenida Carballo, bordeando la costa, y se proyectaron hacia las arterias del centro. En el cruce peatonal de Córdoba y Corrientes, los bocinazos se multiplicaron y las banderas flamearon desde los balcones de los edificios céntricos. La fisonomía de la ciudad mutó por completo: los bares de Pellegrini estiraron sus mesas y se llenaron de hinchas que seguían con el análisis minucioso de cada jugada, la polémica del penal sancionado por el VAR sobre Copetti y la jerarquía intacta de Di María para destrabar un partido que nació adverso.

    La celebración se extendió hasta altas horas de la madrugada, dejando en claro que este logro consolida un ciclo virtuoso que hoy encuentra continuidad en la exigencia de su gente. Rosario volvió a ratificar su condición de ciudad dividida y apasionada, donde una mitad convirtió las calles en un carnaval interminable para atesorar una nueva estrella en su historia.